Estaba completamente furiosa. El aire de la mansión parecía pesado, casi asfixiante. Mis manos temblaban y mi estómago estaba revuelto, pero no por las náuseas del embarazo, sino por la rabia que sentía. Ese miserable… ese hijo de puta… había matado a mi tía. Solo por el simple hecho de existir, de mirar, de pensar que podía acercarse a mí, la había eliminado. Y luego estaba Dante. Siempre con su control, su voz autoritaria, su manera de decidir sobre todo y todos. Su mirada se posó sobre mí, fría y calculadora, cuando le dije lo que había pasado. Su gesto se endureció. —Alai —dijo, con esa voz que pretendía ser firme pero que en realidad siempre me hacía temblar—. Debemos llevarte al doctor. Es importante que tu bebé esté bien. Le miré con incredulidad. ¿Qué? ¿Acaso estaba diciendo que

