De repente, empezó a lloviznar. La ventana estaba entreabierta y la lluvia caía sobre sus brazos blancos y desnudos. No le importó. No se cansaba de preguntarlo mil veces. —¡Ve a buscarlo! —Un rastro de amargura cruzó la fría mirada de Ericsson. Era un hombre dominante, un hombre autoritario, que jamás lo dejaría bajar del auto. No caería en la trampa cada vez que lo engañaran. —¿Qué pasa? ¿No soportas separarte de mí?— Al ver que no se bajaba del coche, la frialdad en la mirada de Ericsson se disipó ligeramente. Ángelo permaneció en silencio, sentado en el asiento trasero sin moverse, ignorándolo. —No importa si no hablas, me gustas cuando no hablas. "..." —¡Bastian, conduce!—Dio una orden indiferente. Cuando el coche empezó a moverse, las ventanillas se cerraron, cortando la llov

