Desde su posición cerca de la pista de baile, Elizabeth había observado cada uno de sus movimientos. Notó la tensión en el capitán francés, el leve y sospechoso ademán de Gabriel al derramar lo que quedaba del vino y cómo su cuerpo se tensaba al alzar la vista nuevamente. Aunque ella no podía oír lo que sucedía, intuía que algo andaba mal. La manera en que Gabriel observaba a su alrededor, como un lobo acorralado, le confirmó que aquella noche iba a ser más peligrosa de lo previsto.
Elizabeth, aferrando su abanico, se deslizó con gracia entre la multitud hasta una posición más cercana. Apenas Gabriel la miró, ella abrió el abanico, permitiendo que la flor de lis y la rosa relucieran a la tenue luz de las lámparas. Sus ojos lo miraron por un instante, intensos y decididos, casi como si estuviera ordenándole confiar en ella. Gabriel, a pesar de sus dudas, asintió con un ligero movimiento de cabeza. La promesa de su alianza estaba sellada, aunque aún latía en él la incertidumbre.
Con una mirada a su alrededor, Elizabeth se acercó a él bajo el pretexto de un saludo diplomático, tomándolo brevemente del brazo como si fuera parte de la conversación formal que mantenían las demás parejas en el salón.
-Milord, creo que necesita aire fresco. La noche está demasiado cargada aquí dentro - dijo en voz baja, con una sonrisa apenas perceptible – Le llevaré a la terraza baja.
El capitán la miró con desconfianza, pero no dijo nada por lo que la joven le sonrió con coquetería señalando a su doncella y a su escolta por lo que el hombre se relajó. No estaba sola y parecía de buena familia.
-En cuanto se recupere, regresará a ustedes…- le dijo con una inclinación de cabeza – La terraza está a corta distancia. No sería bien visto que un militar de rango con uniforme francés vomitara en el salón ¿No lo cree, monsieur?
-Merci, mademoiselle…- le dijeron cruzando las miradas con sus pares. Una joven ingenua que podía apoyar a su plan. La droga haría efecto pronto y Gabriel no podría controlarse.
Gabriel comprendió la intención de la joven y se dejó guiar hacia los jardines del palacio, notando cómo los oficiales franceses intentaban no perderlo de vista, aunque respetando la prudente distancia que los protocolos requerían. Cuando ambos estuvieron lo suficientemente lejos de la multitud, Elizabeth lo soltó, lanzando una rápida mirada al salón, donde las luces y los sonidos del baile continuaban. Ella se volvió hacia él con la misma firmeza con la que le había hablado y aunque sus ojos reflejaban una pizca de compasión, su tono fue directo y preciso.
-Escuche, milord. Si quiere salir de aquí con vida, hará exactamente lo que le indique- le dijo con urgencia y el joven asintió entre la confusión de la droga.
La mirada de Gabriel se nublaba cada vez más con cada paso. Los sonidos de la música y las risas detrás de ellos se apagaban mientras Elizabeth lo guiaba con destreza a través de los jardines y pasillos menos transitados del palacio. A su lado, su doncella, Sarah, le seguía discretamente, manteniendo el ritmo y controlando que no los estuvieran observando. Su escolta se quedaba a una distancia prudente, cumpliendo con su papel de vigía, pero siempre atento, sin dejar de estudiar con intensidad los movimientos de su señora y el hombre que ahora apenas podía sostenerse en pie.
Cuando llegaron a un pabellón cubierto en los jardines, Elizabeth echó un rápido vistazo a su alrededor antes de llevarlo con determinación hacia una entrada secundaria. Sus pasos eran precisos y conocían cada giro que los llevaría al lugar seguro: una habitación apartada en el ala privada del palacio, un sitio donde podrían mantenerse a salvo del escrutinio de los oficiales franceses que habían empezado a vigilar los movimientos de Gabriel con sospecha renovada.
Apenas cerraron la puerta tras ellos cuando entraron, el peso de Gabriel cedió completamente y se desplomó entre sus brazos. Elizabeth y Sarah reaccionaron con rapidez, sujetándolo con esfuerzo y llevándolo hacia la cama. Lo recostaron con cuidado y Elizabeth, con una mirada concentrada, estudió la situación mientras su mente analizaba las posibles rutas de escape que les quedaban. Con una preocupación que ahora latía en su pecho, lo observó; el sonrojo en su rostro y la respiración pesada evidenciaban que lo habían drogado, probablemente con algo para incapacitarlo, un plan que solo podía tener un fin devastador.
Elizabeth sabía que intentar moverlo en esas condiciones sería inútil y demasiado arriesgado. La discreción era su mejor aliada en aquel momento y dejar el palacio sin levantar sospechas resultaba imperativo. Entonces, una chispa de picardía se encendió en su mente; un plan distinto, algo tan audaz que probablemente nadie pensaría en cuestionarlo.
-Sarah, necesito que lo pongas en la cama… como si estuviera durmiendo, pero sin uniforme - le indicó con frialdad profesional.
La doncella asintió de inmediato, sin cuestionar la orden. Mientras desabrochaba la chaqueta de Gabriel y le quitaba la camisa, Elizabeth comenzó a desatar los lazos de su propio vestido, dejando caer la tela con una confianza y determinación que pocas mujeres de su época habrían podido reunir en semejante situación. Sabía lo que implicaba, el riesgo en el que se estaba poniendo, pero estaba decidida a que aquello funcionara.
Cuando quedó en corsé y medias, se apartó un poco y desordenó su propio cabello, pasando los dedos por su cuello y su pecho hasta dejar unas marcas sutiles, como huellas de un encuentro apasionado que, a los ojos de un observador, no daría lugar a dudas. Con sus labios curvados en una leve sonrisa, le indicó a Sarah que se encargara de coordinar con Robert, su escolta, para que se mantuviera cerca y que ella le entregara a Emily un mensaje sobre el cambio de planes.
Mientras la doncella salía de la habitación con el sigilo propio de alguien habituado a la clandestinidad, Elizabeth volvió a la cama y, sin perder tiempo, se deslizó junto a Gabriel, permitiendo que el peso del colchón los acomodara en una escena casi escandalosa para cualquiera que abriera la puerta. La respiración pausada de Gabriel y su postura relajada bajo las sábanas tejían la ilusión de que había sucumbido al cansancio tras un encuentro íntimo y no a la traición de sus propios compatriotas.
Elizabeth suspiró y observó la habitación en penumbra. Las risas y los murmullos que aún llegaban desde el salón parecían extrañamente lejanos en comparación con el silencio cómplice que los rodeaba. Sabía que el juego que estaba jugando era peligroso, y un extraño placer surgía en su interior por la astucia y la audacia que había demostrado. Sonrió, imaginando la sorpresa de Gabriel cuando despertara; él, un conde francés, enredado en el abrazo de una dama británica que, para mayor ironía, era quien planeaba salvarlo de las garras de su propio país.
Con el calor de la habitación y la seguridad momentánea, sus párpados comenzaron a ceder y, pronto, el agotamiento acumulado de sus tareas y la tensión de la misión la vencieron. Elizabeth, en el abrazo cálido de la cama, cayó en un sueño profundo, sin prever el giro inesperado que aquello daría.
Gabriel despertó horas después, aún confundido, con un dolor sordo en la cabeza y una sensación extraña de pesadez en el cuerpo. El joven parpadeó y se restregó los ojos para despabilarse, la realidad aún turbia mientras intentaba reconocer el entorno. Al percatarse de que yacía en una cama y que la luz tenue de la habitación mostraba a alguien junto a él, sintió un pánico helado recorrerle la espalda. ¿Cómo había llegado allí?
Al abrir los ojos, su visión se fue aclarando lentamente, hasta que distinguió una silueta a su lado, suave y femenina, que descansaba con serenidad.
Sus ojos cayeron sobre la joven que dormía a su lado, su respiración tranquila, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Por un momento, pensó que estaba soñando, pero cuando Elizabeth se movió a su lado, su mente se despejó al instante, llenándose de preguntas y un rubor de vergüenza por encontrarse en una situación tan íntima.
-Mademoiselle… -murmuró en un tono bajo, tratando de disimular la sorpresa.
Llevó una mano a su frente, sintiendo el sudor que se acumulaba y un escalofrío recorría su espalda. Fue entonces cuando notó que no llevaba camisa y, peor aún, que sus pantalones estaban sueltos. Frunció el ceño y el aturdimiento dio paso al desconcierto: ¿Qué había ocurrido?
De repente, la idea de lo que pudo haber pasado le golpeó como una bofetada. En un acto frenético, se incorporó de un salto, alejándose de Elizabeth como si su mera cercanía lo quemara, pero en su agitación calculó mal y terminó perdiendo el equilibrio, cayendo al suelo con un estrépito llevándose parte de las cobijas con él.
-¡Mierda!- exclamó por la sorpresa y por la situación. Esto no podía estar pasando.
Si que estaba en problemas.