Adrián avanzó lentamente hacia el valle.
Cada paso lo daba con cautela, atento a cualquier movimiento entre los árboles. El aire era más frío allí abajo, y el olor a ceniza que dominaba las ruinas comenzaba a mezclarse con otro aroma más natural: tierra húmeda y hojas viejas.
El bosque era extraño.
Los árboles no eran como los que había visto en su mundo. Sus troncos eran más oscuros, casi negros, y sus ramas crecían en formas retorcidas que parecían extenderse hacia el cielo rojo como dedos gigantescos.
La figura seguía allí.
Inmóvil.
Esperándolo.
Adrián se detuvo a unos diez metros de distancia.
La persona llevaba una capa larga que ocultaba casi todo su cuerpo. La capucha proyectaba una sombra sobre su rostro, pero Adrián pudo notar algo: la postura de aquella figura no era agresiva.
No sostenía un arma.
No parecía un soldado.
—Sabía que vendrías —dijo la voz.
Era una voz femenina.
Serena.
Pero firme.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién eres?
La figura dio un paso hacia la luz que se filtraba entre las ramas.
Y Adrián finalmente pudo verla.
Era una mujer.
Aparentaba unos treinta años, aunque había algo en su mirada que parecía mucho más antiguo. Tenía el cabello oscuro, largo, recogido parcialmente detrás de la cabeza con una trenza sencilla. Sus ojos eran de un verde intenso que contrastaba con la palidez de su piel.
Llevaba ropa de cuero oscuro reforzada con pequeñas placas metálicas en los hombros y los antebrazos.
No era una armadura completa.
Pero claramente estaba preparada para luchar.
—Mi nombre es Lira —dijo finalmente—. Y tú… eres el hombre que cruzó la puerta.
Adrián sintió un escalofrío.
—Entonces lo sabes.
—Claro que lo sé.
Lira lo observó con atención.
Como si estuviera estudiándolo.
Como si buscara algo en su rostro.
—No pensé que llegarías tan pronto —continuó.
Adrián parpadeó.
—¿Tan pronto?
—Han pasado siglos desde la última vez que una puerta se abrió.
El viento se movió entre las ramas.
Las hojas oscuras produjeron un susurro constante.
Adrián cruzó los brazos.
—De acuerdo. Voy a necesitar una explicación.
Lira inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo imaginé.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Finalmente, Adrián rompió el silencio.
—¿Dónde estoy?
Lira miró hacia las montañas negras en la distancia.
—Este lugar se llama Elarion.
Adrián repitió el nombre en voz baja.
—Elarion…
—Uno de los reinos que existen más allá de las puertas.
Adrián soltó una pequeña risa nerviosa.
—Reinos más allá de las puertas.
La mujer lo observó sin cambiar la expresión.
—Parece que aún no lo aceptas.
—¿Aceptar qué?
Lira lo miró directamente a los ojos.
—Que ya no estás en tu mundo.
Adrián guardó silencio.
Sabía que era cierto.
Todo lo que había visto desde que cruzó el portal lo confirmaba.
Pero escucharlo en voz alta lo hacía más real.
Más irreversible.
—¿Cuántos mundos hay? —preguntó finalmente.
Lira levantó la mirada hacia el cielo rojo.
—Nadie lo sabe con certeza.
—Pero las puertas los conectan.
—Así era antes.
Adrián notó la forma en que lo dijo.
Antes.
—¿Qué pasó?
La mujer tardó unos segundos en responder.
Luego habló con un tono más serio.
—Hubo una guerra.
Adrián frunció el ceño.
—¿Una guerra entre mundos?
—Sí.
Lira caminó unos pasos hacia un árbol y apoyó la mano sobre su tronco oscuro.
—Hace muchos siglos, las puertas permitían viajar entre reinos. Comerciantes, exploradores, ejércitos… todos podían cruzarlas.
Adrián la escuchaba con atención.
—Pero algo cambió.
—Siempre cambia —dijo Lira—. Siempre hay alguien que quiere más poder.
El viento volvió a soplar entre los árboles.
—Un reino descubrió cómo controlar las puertas —continuó—. No solo abrirlas… sino dominarlas.
Adrián sintió un escalofrío.
—Eso suena peligroso.
—Lo fue.
Lira volvió a mirarlo.
—La guerra que siguió casi destruyó todos los mundos conectados por los portales.
Adrián recordó las imágenes que había visto cuando tocó la puerta.
Las torres.
El cielo rojo.
Las batallas.
—Entonces las cerraron —dijo lentamente.
Lira asintió.
—Los guardianes de las puertas decidieron sellarlas para siempre.
—¿Guardianes?
—Una orden antigua.
Adrián pensó en los soldados que había visto en las ruinas.
—¿Los hombres con armadura negra?
Lira negó con la cabeza.
—No.
Su expresión se volvió más tensa.
—Ellos son otra cosa.
—¿Quiénes son?
La mujer dudó.
Luego respondió.
—La Orden del Consejo Sombrío.
El nombre sonaba tan ominoso como Adrián esperaba.
—¿Y qué quieren?
—Controlar las puertas.
Adrián soltó un suspiro.
—Claro.
Lira volvió a caminar hacia él.
—Durante siglos las puertas permanecieron cerradas. Nadie podía cruzarlas.
—Hasta hoy.
—Hasta hoy.
Ambos guardaron silencio.
Adrián finalmente hizo la pregunta que llevaba rondando su mente desde que llegó.
—¿Por qué?
Lira lo observó con una mirada profunda.
—Porque tú las abriste.
El corazón de Adrián dio un salto.
—Yo no hice nada. Solo toqué la puerta.
—Y se abrió.
—Eso fue un accidente.
Lira negó lentamente.
—No existen accidentes cuando se trata de las puertas.
Adrián sintió un peso extraño en el pecho.
—Entonces dime algo.
La mujer levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué los soldados me estaban buscando?
Lira tardó unos segundos en responder.
—Porque saben lo mismo que yo.
—¿Y qué es eso?
La mujer dio un paso más cerca.
Sus ojos verdes brillaban con una intensidad inquietante.
—Que tu llegada fue anunciada.
Adrián sintió un frío recorrer su espalda.
—¿Anunciada?
Lira asintió.
—Existe una profecía muy antigua.
Adrián dejó escapar una pequeña risa incrédula.
—¿En serio? ¿Una profecía?
—Sí.
—Déjame adivinar. Habla de un extranjero que llega a salvar el mundo.
Lira lo miró fijamente.
—No.
Adrián dejó de sonreír.
—Entonces ¿qué dice?
El bosque quedó en silencio.
Incluso el viento pareció detenerse.
Lira habló en voz baja.
—Habla de un hombre que cruzará una puerta rota.
Adrián sintió que el estómago se le contraía.
—¿Y?
—Dice que su llegada marcará el comienzo del fin.
El silencio que siguió fue pesado.
Adrián tragó saliva.
—Eso no suena muy bien.
Lira negó lentamente.
—No lo es.
—¿El fin de qué?
La mujer sostuvo su mirada.
—De todos los reinos.
Adrián se quedó inmóvil.
—Eso es ridículo.
—Tal vez.
—Yo no soy parte de ninguna profecía.
Lira suspiró.
—Eso dicen todos al principio.
Antes de que Adrián pudiera responder, un sonido rompió el silencio del bosque.
Un cuerno.
Profundo.
Lejano.
Lira se tensó inmediatamente.
—Nos encontraron.
Adrián miró hacia la colina.
En la distancia, varias figuras aparecían entre las ruinas.
Los soldados.
—Perfecto —murmuró Adrián.
Lira desenfundó una espada corta que llevaba oculta bajo la capa.
—No tenemos tiempo.
Adrián la miró.
—¿Para qué?
La mujer señaló el bosque más profundo.
—Para huir.
Los soldados comenzaron a descender por la colina.
—¿Y si no corro?
Lira lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Entonces descubrirás por qué el Consejo Sombrío ha estado esperando siglos a alguien como tú.
El cuerno volvió a sonar.
Más cerca esta vez.
Lira comenzó a correr hacia la oscuridad del bosque.
Luego se detuvo un segundo y miró a Adrián.
—Si quieres vivir… sígueme.
Y desapareció entre los árboles.
Adrián dudó apenas un segundo.
Luego corrió.
Se lanzó tras Lira hacia el interior del bosque oscuro mientras el sonido de los cuernos de guerra resonaba detrás de ellos. Las ramas bajas le golpeaban los hombros y el rostro mientras avanzaba, y el suelo cubierto de hojas negras hacía que cada paso fuera inestable.
—¡Más rápido! —susurró Lira sin detenerse.
Ella parecía moverse con facilidad entre los árboles, como si conociera cada piedra y cada raíz del terreno. Adrián, en cambio, apenas podía mantener el equilibrio.
Detrás de ellos, voces comenzaron a escucharse.
—¡Por aquí!
—¡Entraron al bosque!
El sonido metálico de las armaduras se mezcló con el crujido de ramas rotas.
Los soldados los estaban siguiendo.
Adrián sintió cómo el miedo comenzaba a transformarse en adrenalina. Su respiración se volvió más rápida, pero siguió avanzando.
El bosque se volvió más denso a medida que se internaban en él. Los árboles crecían más juntos y sus ramas formaban una especie de techo natural que bloqueaba gran parte de la luz rojiza del cielo.
El lugar se volvió más oscuro.
Más silencioso.
Lira finalmente se detuvo cerca de un enorme tronco caído cubierto de musgo oscuro.
Adrián casi chocó con ella.
—¿Por qué nos detenemos? —susurró con dificultad.
Lira levantó una mano pidiéndole silencio.
Escuchó atentamente.
Los pasos de los soldados seguían acercándose, pero más lentamente ahora.
La mujer se agachó y apartó unas raíces gruesas que sobresalían del suelo.
Debajo de ellas apareció una abertura estrecha entre las rocas.
Un túnel.
Adrián abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué es eso?
—Un antiguo paso de los guardianes —respondió Lira en voz baja.
—¿Guardianes de las puertas?
Ella asintió.
—Este bosque está lleno de caminos secretos.
Los pasos de los soldados se escucharon más cerca.
Una voz gritó entre los árboles.
—¡Busquen bien! ¡No pueden haber ido muy lejos!
Lira miró a Adrián.
—Si entras ahí, no habrá vuelta atrás por ahora.
Adrián soltó una pequeña risa nerviosa.
—Creo que ya crucé ese punto hace rato.
Lira esbozó una leve sonrisa.
Luego se deslizó dentro del túnel.
Adrián miró una última vez hacia el bosque, donde las sombras de los soldados comenzaban a aparecer entre los árboles.
Respiró profundamente.
Y se metió tras ella en la oscuridad.
Sin saber que aquel túnel no solo los llevaría lejos de los soldados…
sino también hacia uno de los secretos más antiguos del Reino de las Puertas Rotas.