CAPÍTULO VEINTIUNO El viaje hacia la isla había sido largo pero básicamente tranquilo. El de vuelta hizo que a Sebastián le quemaran los brazos por el esfuerzo de remar, tuviera un nudo en el estómago por la falta de agua dulce y que todo su cuerpo estuviera tenso por el terror de que los barcos enemigos pudieran venir tras sus pequeñas barcas en cualquier momento. Eso era incluso antes de que empezara a tener en cuenta la herida vendada a toda prisa de su costado, o el corte de la mejilla. No sabía por qué ningún enemigo había ido a por ellos. Tal vez era porque daban por sentado que las olas destrozarían las pequeñas barcas en el curso de la travesía. Tal vez era porque sus comandantes tenían cosas mejores que hacer que perseguir a una fuerza en retirada. En sí mismo, eso era un pensam

