Las embestidas de Mcboy eran salvajes. Golpeaba dentro de mí y me hacía perder la conciencia. Difícilmente podía recordar mi nombre, con sus brazos cada uno al lado de mi cabeza y mis manos sobre su cuello, su cadera chocando cada vez más fuerte contra mi trasero y sus gemidos rompiéndose en mi boca eran más de lo que podía soportar. No recuerdo cuantas veces me vine aquella vez, pero si recuerdo que las manos de Mcboy eran fuego y yo me quemaba con olerlo y él se quemaba dentro de mí. Esa noche todo fue tan salvaje que ninguno se tomó la molestia de pensar en cómo serían las cosas a partir de ese momento y no fue sino hasta la mañana siguiente en donde los besos y la sensualidad de Mcboy estaban lejos de mí que me di cuenta que lo habíamos arruinado.

