CAPÍTULO TREINTA Godfrey estab reclinado en una lujosa butaca de seda, en un balcón hecho de oro, donde una multitud de sirvinetes lo abanicaban y le daban de comer y él se maravillaba de lo mucho que su papel había cambiado. Solo unas horas antes había estado encerrado en una celda apestosa, sobre un suelo de barro, rodeado por una genta a la que lo matarían con la misma facilidad con la que lo mirarían. No había habido salida, ninguna propuesta ante él que no fueran la muerte y la tortura- la muerte, si tenía suerte y la tortura si no la tenía. Parecía que nunca iba a levantarse de nuevo. Y aún así aquí estaba, en una resplandeciente villa hecha de mármol y oro, en un lujoso balcón posado al lado del mar, admirando una de las vistas más espectaculares que jamás había visto. Ante él hab

