Un año desventurado Una convocatoria por parte del arcipreste, Domenico Florido di Campagnano, llegó a la Rocca di Carbognano en una templada tarde de junio: por las pocas palabras, escritas con una caligrafía sofisticada, parecía que, al fin, la Cámara Apostólica había llegado a un veredicto con respecto a la causa que se arrastraba desde hace tiempo entre el convento de Santa Maria in Gradi de Viterbo y los habitantes de Carbognano. A Giulia cada vez le gustaba menos ir a Roma pero era necesario estar presente en aquel consistorio y sabía por sí misma que no podía eximirse de presentarse ante los altos prelados que la habían convocado. Imaginaba que tampoco ellos encontrasen placer en volverla a ver, y eso le dio un motivo para organizar aquel viaje. La convocatoria era a primera hora

