Llegué a la empresa acompañado de mi asistente personal, más conocido como mi sombra. Ese era el apodo que le tenían en la compañía. Al subir, comencé a notar que las cosas no estaban como a mí me gustaban, y mi humor se alteró de inmediato.
Al llegar al piso de presidencia, la situación no mejoró. Empecé a dar órdenes a la secretaria, quien no sabía qué responder cuando le pedí explicaciones sobre el estado del lugar. Es inconcebible que mi empresa esté sucia o que el personal no se encuentre en su puesto.
Todos en la empresa temían a Damien Clark. Su carácter era volátil; la mayoría del tiempo no se fijaba en nadie que no fuera de su interés, pero cuando las cosas no marchaban como él deseaba, se desataba la tercera guerra mundial. Un minuto después de su llegada, todos estaban de arriba abajo, limpiando y acomodando todo como al señor le gustaba. Incluso tenían un código: “El perro está ladrando”. Eso significaba que estaba de un humor de perros, y lo mejor era ni respirar para no terminar de patitas en la calle.
—¡No puedo creer que sean tan ineptos! Lo único que se les pide es hacer su trabajo y cumplir un horario. ¡Si no desean estar aquí, pueden dejar sus renuncias en Recursos Humanos!
—Había llegado temprano a la oficina y me ocupaba de mis pendientes cuando sentí que todo se revolucionaba. Escuchaba pasos apresurados, gente corriendo y aspirando como si su vida dependiera de ello. Abrí la puerta y escuché murmullos sobre que “ladraban órdenes”, pero no les presté atención hasta que oí a una mujer llorar en el pasillo.
La chica estaba en mal estado. No entendía qué le había pasado hasta que la de Recursos Humanos me explicó que esto solía suceder cuando el señor llegaba sin aviso. Me detalló la situación y comprendí que, al final del día, el culpable no era él, sino los empleados irresponsables que lo rodeaban.
El teléfono de mi oficina comenzó a sonar.
—Departamento de Proyectos, a la orden.
—¡Por fin consigo a una persona en su puesto! Señorita, deseo que su jefa suba a la sala de juntas para revisar las remodelaciones del proyecto que comienza esta semana.
Me puse nerviosa.
—Señor, ¿podría ser al mediodía?
—No. Deben subir en este instante si no quieren terminar el día siendo una desempleada más.
—En veinte minutos estoy en su oficina.
—En cinco minutos la espero en la sala de juntas.
—Colgué con el corazón acelerado. ¿Qué se han creído los empleados de esta empresa?
—Lo malo de ser pasante es que siempre a ti te colocan a hacer todo el trabajo, mientras tu jefe se lleva el reconocimiento. Pero hoy me tocaba enfrentarme al señor Damien, y eso me tenía muy nerviosa. No era que no estuviera preparada para la presentación —yo misma la había elaborado—, pero mi cuerpo no respondía ante su presencia. Era por lo que él me transmitía. Juro que pensé en no acudir, pero si dañaba mis pasantías, me arrepentiría. Sin más opciones, tomé mi computador y subí.
—Estaba en la sala de juntas contando los minutos. No pensaba ceder. Despediría a cualquiera que no cumpliera mis órdenes. Había echado a mi secretaria por incompetente, y mi asistente ahora hacía su labor. Me pasó un par de contratos para firmar y me concentré en eso, mientras el reloj de pared sonaba, recordándome mi próximo encuentro con otro empleado.
—Cuando llegué al piso de presidencia, un hombre joven me recibió. Se presentó como el asistente personal del señor Damien Clark y me guio hasta la sala de juntas. Era mi primera vez en aquel lugar. Al abrir la puerta, lo vi: un hombre grande, de músculos definidos, sentado en la punta de la mesa, leyendo un documento. Llevaba la camisa blanca arremangada; ya no tenía ni saco ni corbata. Su cabello estaba levemente despeinado, pero fueron sus músculos los que me dejaron sin palabras. Aquella camisa se adhería a su cuerpo como una segunda piel.
Mi corazón latía con fuerza y mis piernas querían abandonarme, así que avancé rápido. —Buenos días, señor. Lamento ser yo quien se presente a la reunión, pero mi jefa inmediata aún no ha llegado y no deseo quedar sin empleo por la irresponsabilidad de otra persona. Así que, comencemos.
—Mi cuerpo reaccionó al reconocer su voz. Abandoné el documento en la mesa y centré toda mi atención en la pequeña inglesa que acababa de invadir el espacio. Lo gracioso era que también su cuerpo reaccionaba a mi presencia: estaba nerviosa, comenzó a hablar tan rápido que casi no le entendí. Eso me causó gracia, pero actué frío y calculador como siempre.
Quise interrumpirla; sin embargo, estaba tan pálida que pensé que se desmayaría. Con movimientos torpes colocó su viejo computador sobre la mesa y lo conectó para la presentación. Me acomodé en mi asiento y esperé pacientemente a que me mirara a los ojos. No lo hizo.
—Mis manos temblaban y el sudor me recorría la espalda. Me daba la impresión de que en cualquier momento él se acercaría por detrás. Respiré hondo, expulsando todo el aire contenido, y me volteé hacia él. —Gracias a Dios me sé la presentación, porque yo la realicé… aunque no estoy autorizada para exponerla por ser una simple pasante.
—Aquí quien decide si estás autorizada o no soy yo, Ross. Y estoy ansioso por ver tu proyecto.