NISHA
No sé ni por qué me tiemblan las manos.
La verdad, aunque sea viernes, esta calle está hasta el tope. Ni modo, tuve que estacionar el coche a la vuelta y venirme caminando una cuadra. El aire se siente fresco, y las risas de los grupos cenando se escuchan alegres. Igual me sirve para calmar el desmadre que traigo en la cabeza antes de sentarme con Maxwell.
Bueno, si soy honesta, no es solo la cena lo que me trae hecha un nudo. Fue ese comentario suyo de que me quiere embarazar “a la vieja escuela”. Dos días sin poder sacarme esa frase de la cabeza.
Suelto un respiro largo, cierro el coche con el control y me concentro en escuchar mis tacones golpeando el pavimento. Ni sabía qué carajos ponerme, es mi primera cita en siglos. Terminé con una túnica beige y leggings después de que casi destruyo mi closet con tanto probarme cosas.
Ya me había rendido con eso de encontrar al hombre perfecto. Algunos amigos me decían que el amor llegaba solo si dejaba de buscarlo. Mentiras. Puras mentiras.
Pero ya ni importa eso. Me prometí a mí misma que si no me gusta Maxwell, me largo sin mirar atrás. Mi cuerpo y mi útero, mis reglas.
Pensé que el tipo ya estaría adentro.
Pero no, ahí está parado en la banqueta, con las manos en los bolsillos de su chamarra gris, viéndose como el típico cabrón seguro de sí mismo.
Rayos, está más guapo de lo que recordaba. Pensé que vendría todo trajeado, pero ese look relajado con la barba de dos días le queda bien. Los pantalones grises y ese polo azul le entallan de una forma que, ni modo, me lo tengo que comer con los ojos aunque no quiera.
Seguro pasó a su casa a cambiarse antes de venir y se lo agradezco, casi tanto como la vista que me está regalando.
Maxwell me sonríe y yo levanto la mirada para cruzarla con la suya.
Espero que no se haya dado cuenta de que lo estaba checando. Vengo a ver si quiero su e*****a, no a ver si me lo puedo llevar a mi cama. Ni para que me deje sin aliento en mi propio colchón…
Bueno, todavía no.
El estómago me da un vuelco y le corto el rollo a mis fantasías.
—Eh, hola —le digo, saludándolo con la mano de la forma más torpe del mundo.
—Hola, Nisha —me dice con una sonrisa. Siento cómo me recorre con la mirada, y un calor me sube por todo el cuerpo. —No traes el labial puesto.
Me saca de mis pensamientos y luego me acuerdo de lo que platicamos en el elevador. Ese color que le dije que me gustaba y que solo usaba en citas.
—No es una cita real —respondo. ¿O sí?
—Claro, claro —dice, asintiendo. —¿Batallaste para llegar?
—Nah, solo un poco de tráfico. Lo siento por llegar tarde —. Hace tanto que no salgo con nadie que me siento fuera de práctica.
Se encoge de hombros.
—Fueron cinco minutos, relax. ¿Quieres sentarte afuera?
—Va, está rico el clima —. Dejo que me guíe mientras cruzamos el lugar lleno de gente hasta salir al patio.
Siento su mano en mi espalda todo el camino.
Cuando llega el mesero, pedimos dos cocteles y media docena de tacos de carne asada. Regresa rápido con los cocteles. Tomo un trago del coctel bien frío mientras veo cómo se pinta el cielo de naranja y admiro los adornos del lugar —No puedo creer que nunca había venido aquí.
—Espérate a probar los tacos, la verdad son los mejores de la ciudad. Siempre vengo después de un día pesado —me dice y me guiña un ojo. —O después de una noche larga.
Cuando se acerca un tipo de pelo canoso con una canasta de tacos y salsas, me queda claro que no es el mesero de siempre. Los deja en la mesa y mira a Maxwell.
—¿Y la vas a presentar o qué?
Maxwell solo suelta una risita y dice:
—Nisha, este es Santiago. Su familia maneja este negocio desde hace casi cincuenta años...
Santiago le clava una mirada y me dice:
—Veintitrés años, para que no se te olvide. Este tipo viene cada que quiere tragar alcohol de verdad.
Maxwell lo queda viendo con esa sonrisita.
—¿No crees que ya estás viejo para seguir corriendo de mesa en mesa? Ya siéntate, abuelo.
Santiago se ríe por la nariz, me queda viendo:
—Ah, mira quién habla. Yo nunca te veo aquí con la misma mujer dos veces.
Y no sé ni por qué, pero mis orejas se prenden solitas. ¿Así que este cabrón es de los que no repiten plato? Pues no me sorprende, la verdad, con esa cara y esa sonrisa... No es mi problema, ni me debería importar, pero igual se siente como un balde de agua fría saber que el tipo es un mujeriego. Yo pensando que era más maduro.
Me dan ganas de escuchar más, pero Maxwell solo se ríe como si nada:
—No te metas en lo que no te importa.
Santiago se va, negando con la cabeza:
—Disculpe, señora, que disfruten la comida. Buenas noches.
El mesero regresa con una charola que huelen a gloria: carne asada, tortillas de maíz calientes, chilitos. Me suena la panza. Tenía rato que no comía algo así, y la comida mexicana siempre ha sido mi debilidad.
Agarro un taco y le doy una mordida, sin vergüenza de soltar un gemido:
—No me digas... tenías razón. Esto está buenisimo.
Maxwell se ríe mientras agarra otro taco:
—Se lo diré a Santiago.
Comemos con ganas, y me doy cuenta de que Maxwell tiene un encanto que afloja el ambiente. No hay silencios incómodos ni preguntas raras, todo fluye, como pasó en el ascensor. Eso se agradece.
Mientras mastico, me entero que tiene treinta y ocho (ni se le nota), que se apellida Jhonson, que creció cerquita, que tiene dos hermanos y que su mejor amigo es abogado. Todo tan normal que me dan ganas de reír. Espero que me diga algo raro, no sé, que colecciona muñecas de porcelana o que duerme con un cuchillo bajo la almohada. Pero nada. Un hombre normal, con cara bonita, soltero y sin hijos. Me pregunto cómo rayos no está casado todavía. Los “normales” siempre tienen algo escondido.
Por un rato, solo nos concentramos en tragar y platicar de cosas simples: la comida, otros lugares donde hemos comido rico, quién cree que ganará en la temporada de fútbol. Sus rodillas tocan las mías bajo la mesa y me dan chispazos en la piel cada vez que pasa.
Y me doy cuenta, de golpe, que la estoy pasando bien. Que había olvidado lo que era estar en algo que se siente como una cita, aunque no lo sea. Sin presión, sin expectativas, solo comida buena y una charla que se siente ligera. Cuando ya casi nos acabamos los tacos, se limpia la boca con la servilleta y me dice:
—No te he preguntado, ¿a qué te dedicas?
Le doy otra mordida, grande a propósito, antes de contestar:
—Cosas viejas. Antigüedades, coleccionables, esas cosas.
La verdad, me gustaba hablar de mi negocio, de cómo levanté mi tiendita de libros raros desde cero. Pero ahora, con las ventas cayendo y las deudas tocando la puerta, el tema me pone tensa. Además, ya me he dado cuenta que a muchos tipos les incomoda que una mujer sepa lo que quiere y sepa ganarse su dinero.
Igual me recuerdo a mí misma: esto no es una cita real. No necesito saber si Maxwell se asusta con una mujer que no se deja. No necesito saber si es un buen tipo para una relación. Porque esto no es para eso. Yo no estoy buscando novio, estoy buscando un donante. Punto.
Así que me ahorro explicarle mis cuentas y mis sueños. Porque no vale la pena. Todos salimos ganando si mantengo las cosas simples.
No sé en qué momento terminé sentada frente a Maxwell, viéndolo clavarme esa mirada que me rastrea de los pies a la cabeza haciéndome sentir desnuda. Se apoya con la mano en la cara y dice:
—No te lo tomes a mal, pero ¿cómo carajos sigues soltera?
Casi me río en su cara. Justo eso mismo pensaba yo de él, pero lo dejo pasar y le digo:
—Buena pregunta. Mis amigas dicen que soy muy intensa, celosa, pero yo no pienso bajarle al nivel solo por tener a alguien al lado.
No me da pena decirlo, al contrario, creo que está bien mantener las cosas claras.
Él asiente, serio por un momento, como si de verdad estuviera procesando lo que le digo.
—Así que por eso lo de la clínica —dice, alzando una ceja.
—O como tú le dices, “el banco de polvos”. —Le levanto las cejas, aunque no logro evitar soltar una media sonrisa burlona.
Él levanta las manos, riéndose.
—Créeme, así era con cariño. En mi oficina hasta hicieron un concurso de eslóganes para bromear con eso.
Maxwell se ríe conmigo, pero luego se pone serio otra vez, con esa forma intensa que tiene de mirarme.
—Nisha, lo que no entiendo es por qué tener un hijo.
Ahí ya me pongo tensa. Esa pregunta siempre me cala hondo porque no hay respuesta clara. Me quedo viendo el coctel, quitándole el papel a la copa mientras pienso cómo decirlo.
—No sé cómo explicarlo. Hay gente que nace con eso dentro, y ya. Desde que era pequeña sentía que me faltaba algo, como si algo en mí gritara que quería ser mamá, aunque no supiera con quién. Es como si fuera mi destino, algo que me llama.
Lo miro esperando la típica cara de “qué loca” o una risita burlona, pero el tipo me mira firme, sin burlas.
—No lo comprendo del todo, pero te creo. Se necesita ovarios para lanzarte sola a esto.
Me pongo colorada, pero me encojo de hombros.
—No soy más valiente que cualquier mujer en este mundo. Solo que ya no podía seguir esperando. Cumplí treinta y cinco, y sentí que era ahora o nunca. Ya no iba a quedarme con las manos vacías.
Me cansé de esperar. Me cansé de sentarme en un departamento gris soñando con un futuro que no llegaba. Me cansé de matarme en un trabajo que siempre me prometía un ascenso “para el próximo año”. Me cansé de salir con cada tipo que parecía “el bueno” y que siempre terminaba en lo mismo: nada. Así que me compré un vibrador carísimo que no me fallaba y aprendí a darme lo que nadie más me quería dar.
La clínica de fertilidad fue solo otro paso en esa lista. Siempre supe que de un hombre solo necesitaba una cosa, y para eso el banco de e*****a era perfecto.
—Si no funciona, adopto. Pero primero quiero intentar la IUI porque adoptar es caro y se tarda mucho. Pero de que voy a ser mamá, voy a serlo, cueste lo que cueste.
—¿IUI? —pregunta.
—Inseminación intrauterina.
Él asiente, mirándome con esa intensidad que me pone nerviosa.
—No recuerdo haber conocido a alguien como tú —dice, —. Si quieres, puedo ayudarte... si me dejas.
Respiro hondo, con calma.
—Me alegra oírlo.
—Pero sería solo como donante, nada más, no quiero enredos.
Asiento.
—Lo he pensado bien y sí, me interesa, siempre y cuando estés sano y sin enfermedades raras.
Saco un vasito de plástico de mi bolsa y lo pongo sobre la mesa.
Él se queda viéndolo, parpadeando como si no entendiera.
—¿Qué rayos es esto?
—Mira, la cena estuvo bien, no me malinterpretes, pero creo que meterme contigo no es buena idea. —Le acerco el vasito un poco más—. Esto es para tu muestra.