Celeste miró aquella mano extendida, dudando solo un momento antes de tomarla, realmente no tenía otra opción como para despreciar la ayuda que Fernando le brindaba. —Acepto —dijo tímidamente. —¡Perfecto! —exclamó él, levantándose de un salto, enseguida ordenó que le llevarán la cuenta. Celeste permanecía fascinada observando a aquel peculiar personaje que el destino había puesto en su camino. Fernando era como un espectáculo viviente, cada palabra que salía de sus labios venía acompañada de un gesto teatral, sus manos enjoyadas se movían en el aire con gracia exagerada. Los múltiples brazaletes de oro y plata en sus muñecas tintineaban como campanillas con cada movimiento, creando una música que parecía acompañar perfectamente su personalidad extravagante. —¡Madre santísima! —excl
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