Los recuerdos iban y venían. -¿Cómo que no hiciste la tarea, Edred? – El profesor que le enseñó a leer y a escribir, aquel hombre de bigote gracioso, con una paciencia que le parecía infinita y que, por más que intentó burlar con las tareas, no lo pudo hacer. -Es que me dejó mucha – se quejó el pequeño. -¡Ah! ¡Qué niño! Algún día me lo vas a agradecer – el hombre negaba en repetidas ocasiones, desaprobatoriamente. Y vaya que le agradecía; era por él, que había podido ayudarle a Alejandra, recordando la paciencia que el hombre le demostró, así como los simples ejemplos que usó para que él lograra comprender. Edred, estaba tirado en el piso de la cabaña, las lágrimas parecían no terminarse, porque seguían saliendo de sus ojos. Observaba cada línea divisoria de la madera, para intentar

