Las palabras le quedaron grabadas. Aunándose la actitud de su padre, sabía que debía obedecer. El dolor de lo recién acontecido, debía llevarlo en la soledad; y su sentimiento de culpa, le duraría para toda la vida. ¿Cómo no pudo darse cuenta que estaba mal lo que hizo? Su hermana se lo había advertido y ella, por necia, no obedeció. Desde la puerta de la entrada del castillo, Catalina los vislumbró en la distancia; a pesar de que le pareció extraño no ver a Edred, suspiró aliviada, al menos su esposo traía a Alejandra de vuelta. Corrió hacia ellos, y cubrió parte su rostro con ambas manos tan pronto se percató del aspecto de Edmundo, que no dijo nada y la pasó de largo con una expresión sombría. Abrazó a Alejandra, que venía unos cuantos pasos atrás. La señorita no desaprovechó aquel co

