Ángela Despedirse de alguien no es fácil. Menos si ese alguien fue tu madre, tu pilar de vida, tu mejor amiga, tu consejera. Después de dormir por casi 36 horas y ver varios médicos por orden del exagerado de Ian estoy de pie frente a las cenizas de mi madre pues Ian se encargó de todo durante todo este tiempo. Una muy bonita urna de madera decorada con una roza a cada lado contenía los restos de la mujer que me dio la vida. Su deseo fue siempre ser parte de la naturaleza cuando muriese y agradecía a Ian por haberla cremado, ahora era mi turno de cumplir con mi parte. —¿De verdad no quieres que te acompañe? —era la tercera vez que Ian me preguntaba lo mismo. No era que no quería, simplemente necesitaba despejarme y estar un último momento a solas con ella. —Estaré bien y no me demora

