La madrugada se abría sobre el asfalto con una calma artificial, como si la ciudad entera fingiera dormir. Mara se colocó el abrigo gris, de esos que no dicen mucho pero cubren bien, y salió sin hacer ruido del piso. Las calles del barrio comercial estaban casi vacías. Una farola titilaba. Los escaparates cerrados mostraban su vacío como una forma de sinceridad. Él estaba allí. De pie, junto al coche oscuro, apoyado con las manos en los bolsillos del abrigo. El mismo gesto que la primera vez: nada de urgencia, nada de posesión. Como si simplemente esperara a que pasara alguien que nunca pasaba. Mara lo reconoció enseguida. —Has vuelto —dijo ella. —Dijiste que no era buena idea —respondió él. —Y lo sigue siendo. Pero aquí estás. El hombre sonrió, apenas. Cuarenta y pocos, barba de unos

