Esposas prestadas 16

1409 Palabras

Sábado por la mañana El sábado amaneció sin solemnidad, como si nada extraordinario hubiera ocurrido durante la noche. En la habitación del club, Alfredo fue el primero en despertar. La luz se filtraba por la rendija de la persiana y dibujaba sombras suaves sobre el edredón, que cubría el cuerpo de Azucena, aún dormida a su lado. La observó durante un largo rato, con una mezcla de ternura y desasosiego. No había culpa inmediata en él, sino algo más incómodo: claridad. Era como si la hubiera conocido de siempre, como si ella fuese su pareja natural desde años atrás. La noche no había sido un error. Eso era lo verdaderamente perturbador. Azucena abrió los ojos despacio, como si regresara de un lugar profundo. Al verlo despierto, sonrió apenas, una sonrisa cansada pero auténtica. —Bueno

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