Verónica se instaló en Ciudad Norte en un piso amplio cerca del parque de La Conquista, en una zona que combinaba residencias antiguas con oficinas modernas. Explicó, sin dar demasiados detalles, que había heredado responsabilidades de la empresa familiar que ahora buscaba expandirse hacia el norte del país. Nada de lo que hacía parecía improvisado. Incluso sus silencios estaban medidos. Pero tras el encuentro con Jandro en la cafetería, algo en su manera de moverse —más ligera, menos crispada— delataba una cierta paz recobrada. Durante esa semana, Jandro no la volvió a ver. El jueves por la tarde, mientras revisaba unos informes desde su despacho en Ele-trading, su móvil vibró con una videollamada. Era Elena. Titubeó un instante antes de aceptar. Cerró la puerta del despacho. La imagen

