CARRUSEL EN LLAMAS Qué pena que ya me encuentre mejor, pensó Jandro al enfilar el pasillo de la oficina con el abrigo aún colgado del brazo. Había echado de menos los correos sin responder, la rutina absurda de las reuniones, incluso la máquina de cafés y su leve chirrido metálico, pero no tanto como a Pura sirviéndole una infusión, pasándole el termómetro con una expresión de madre o de enfermera sin uniforme. —¡Hombre, el convaleciente! —saludó Belén, alzando las cejas al verle—. Ya te echábamos de menos. Jandro sonrió. Belén tenía un brillo más vivo en los ojos. Se la veía más descansada, mejor vestida incluso, como si una leve paz se hubiese asentado en ella durante esos días de ausencia. —¿Me echabais de menos tú sola o tú y la cafetera? —bromeó. —Las dos, y quizás Elena también,

