El aire fresco de la mañana les cortaba el rostro con suavidad. El sol apenas asomaba entre las copas de los árboles, tiñendo de oro el asfalto de la antigua carretera comarcal por donde pedaleaban. No hablaban al principio, se limitaban a respirar acompasadamente y a rodar en paralelo, como tantas veces lo habían hecho en su juventud. —¿Te acuerdas de aquella vez que nos perdimos subiendo al embalse? —dijo Jandro, rompiendo el silencio con una sonrisa que se adivinaba incluso bajo el casco. Félix soltó una carcajada—. ¡Y Héctor se cayó en la zanja y perdió una zapatilla! Casi se muere del susto… —hizo una pausa—. Éramos inseparables, ¿eh? —Sí… —Jandro se puso serio de repente—. ¿Te has parado a pensar en todo lo que hemos vivido desde entonces? Cada uno por su lado… y sin embargo, aquí

