Era una tarde húmeda, como si la primavera se hubiera retirado de repente y hubiera dejado la ciudad envuelta en una nostalgia densa. Héctor estaba en su despacho, rodeado de planos y modelos 3D de estructuras, revisando unos informes financieros de su empresa, cuando sonó el teléfono. El número no estaba guardado en su agenda, se extrañó. Era una línea directa, una de esas que no se usan para llamadas intrascendentes. Respondió con tono neutro: —¿Sí? —Hola, Héctor. Soy Verónica Salvatierra. Una pausa. Héctor se acomodó en su silla. —Verónica…, sí, he oído hablar de usted. —Tutéame, por favor. Supongo que ya sabes que todo se sabe. Héctor sonrió con una mezcla de fastidio y admiración. Verónica Salvatierra no era una mujer cualquiera. Alta ejecutiva, implacable en los negocios, de f

