La habitación estaba mal ventilada, sin ventanas, con una lámpara desnuda que colgaba del techo y zumbaba con una luz amarillenta. Las paredes eran de un gris sucio, manchadas por humedad y humo de cigarro. Ana, sentada en una silla de metal, tenía las muñecas libres —por ahora—, pero sabía que no debía intentar nada. Cada movimiento estaba vigilado. Había contado al menos tres voces distintas en las últimas horas. Dos de los hombres que entraban y salían llevaban el rostro cubierto con pasamontañas. Uno de ellos tenía un acento claro del Magreb. El otro apenas hablaba, pero sus gestos eran secos, ensayados. Profesionales. Sólo uno mostraba el rostro: el tercero. El que fumaba dentro del cuarto. El que la miraba como si ya supiera todo sobre ella. —Hola, Ana —dijo Jacobo por fin, al entr

