Desde la distancia, la casa parecía dormida, como si llevara años esperando que alguien se olvidara de ella del todo. Las ramas de los arbustos invadían el porche delantero, y las ventanas, tapiadas con maderas viejas, parecían párpados cerrados. Sin embargo, algo en ella palpitaba. Una leve vibración que solo los que estaban atentos podían percibir. El equipo de vigilancia, apostado entre los árboles y las parcelas vacías, se mantenía en completo silencio. Usaban visores térmicos y micrófonos direccionales, pero la casa no hablaba. Ni un paso, ni una voz. Hasta que ocurrió. Poco después de las once de la mañana, la puerta principal se entreabrió. Un hombre salió al exterior. Alto, de complexión fuerte. Piel oscura. Vestía un chándal gris sin marcas visibles. No parecía nervioso. No mi

