La pantalla se iluminó con el rostro de Elena. Seguía tan impecable como siempre, incluso en casa: blusa de seda, labios pintados de un rojo más oscuro que antes, su cabello de siempre y unos pendientes discretos. Jandro le dedicó una sonrisa que no alcanzó los ojos. —Gracias por aceptar la llamada —dijo él. —Nunca me has pedido nada dos veces —replicó ella, con una voz cálida y algo melancólica—. ¿A qué debo el honor? —A ti. A nosotros. A lo que fuimos —respondió Jandro, dejando una pausa estratégica. Elena frunció apenas los labios. Sabía que algo se escondía tras aquel tono seductor, pero aún no discernía qué. —¿A estas alturas, Jandro? —Quizá he estado pensando demasiado. Desde que Verónica apareció, todo se ha movido dentro de mí. Me recordó a Claudia. A lo que perdí. Y a lo que

