CAPÍTULO VEINTIOCHO Cuando Kate estuvo segura que DeMarco habia dejado ocupada a la abogada con unos pobres policías, entró a la sala de interrogatorios. Jennifer se enderezó en su silla ante la sencilla mesa de interrogación. Se veía como un tigre que hubiera entrado a la habitación, no como una mujer de cincuenta y seis años. Miró más allá de Kate, a la puerta que se cerraba, como si esperara que alguien más ingresara. —¿Qué diablos está usted haciendo aquí? —preguntó Jennifer. —No me gusta dejar cabos sueltos. Además, quería darle las gracias por introducir esa queja ante mi jefe. Eso hizo mi día mucho más placentero. —¿Creyó que estaba amenazando en vano? —preguntó Jennifer. Kate se sentó en la otra silla enfrente de Jennifer. —Oh, no. Estoy comenzando a comprender que usted no

