La música se elevó cuando las puertas se abrieron. Los murmullos se apagaron poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Todos esperaban lo mismo: a la novia defectuosa, sumisa, agradecida. A la mujer que iba a decir sí con la cabeza gacha. Avancé despacio por el pasillo. El velo ocultaba mi rostro, pero no mi postura. Caminaba erguida. Segura. Demasiado segura para alguien que, según ellos, estaba a punto de ser humillada. Sentí las miradas. El juicio. La burla anticipada. Alexandra estaba en primera fila, del brazo de Carlos. Sonreía. Radiante. Convencida de que ya había ganado. Qué pena. Cuando llegué al centro, Carlos se puso de pie y fue hasta el altar. Ni siquiera algo tan simple como quedarse esperándome pudo hacer. Imbécil. El sacerdote empezó c

