Era el ruso, pero no el ruso de siempre. No era el Rezidentura normal y adulador con mal aliento. No, no en esa ocasión; esa vez era el hombre importante de Moscú, su reclutador original y el controlador de la red. El hombre conocido como “Iván”, de quien sabía que, en realidad, era Vladimir Krivitsky. Era achaparrado y vulgar en su actitud y siempre vestía un sombrío traje holgado, que le daba ese andar de pato que tenían los hombres gordos cuando estaban apurados. Para el temeroso, era un monstruo conocido como Svarog. Krivitsky era de la vieja escuela de la KGB. Había sido destinado para grandes cosas: se corría el rumor de un posible puesto en el gabinete del director Semichastney de la KGB. Hasta que se había visto involucrado en un escándalo hacía varios años en Polonia (un tiroteo,

