—No, no me gusta. Es muy violento para mí. Nunca jugaría por ningún motivo—respondió Dylan—. Pero puedes hablar con los del equipo B. Ellos son opacados por los jugadores titulares. —¿Dónde están los del B? —preguntó Eros. —Te llevaré con ellos. Sígueme. —Dylan comenzó a caminar. Eros intentó seguirle el paso a Dylan, pero cruzó su mirada con la de Atenea, que se encontraba en la lejanía y era seguro, que había presenciado lo que había sucedido. Ella se había alzado el gorro de la chaqueta de cuero, por lo que se había tapado el rostro con la capucha de la prenda. Ninguno se dijo nada, pero Eros observó las intenciones de la muchacha, como si pudiera leerle los pensamientos. Asintió con la cabeza y Atenea inclinó la cabeza hacia atrás, y se marchó del sitio. Dylan lo condujo a un salón

