—Más de la que podría manejar —dijo Eros, con voz somnolienta, mostrando lo relajado que estaba—. Tendría que disponer de toda la fortuna mi preciosa mamá de azúcar para sostener a mis amantes. —¿Mamá de azúcar? ¿Ya no respetas a tus mayores, malcriado? —comentó Afrodita, siguiendo con humor la conversación. —¿Y quién me educó? —dijo Eros, apretándola con más fuerza por la cintura—. Y yo a ti, te pasaría irrespetando. Afrodita sonrió con gracia y se acomodó en el regazo de Eros. El vínculo, que habían desarrollado, era tan excéntrico como ellos dos. Se podía decir, que se gustaban como hombre y mujer, pero sabían que no podían estar juntos como pareja; la relación que tenían era difícil de explicar, aunque sus ideales y personalidad eran similares, donde la lealtad y la confianza prima

