—Podría ir a retirar dinero de tu tarjeta al cajero más cercano, cariño —dijo Eros aprovechando las palabras del niño y mirando a Artemisa, la cual dudó unos segundos, porque eso significaría darle la clave de su preciada tarjeta a un recién conocido—. No tienes por qué preocuparte; solo te robaré todo el dinero que tienes en la cuenta y también me llevaré el auto y desapareceré un tiempo con mis amantes, cariño. El sonido de la voz de Eros era ronca y Artemisa captó el mensaje irónico. Así que le pidió prestada la libreta de la mesera y le entregó la hoja envuelta con la clave apuntada en ella. Artemisa se apoyó con sus manos sobre la mesa y se acercó hasta el oído de Eros y le susurró: —Había una vez cuatro mujeres de una distinguida familia y a una de ellas le gustaba celebrar —dijo

