Aquellos primeros días luego recomenzar el colegio fueron difíciles. Las burlas, la ridiculización y los motes disminuyeron. Nunca desaparecieron del todo Continué siendo la marginada social. Nada de incluirme dentro de los juegos o conversaciones de mis compañeros. Ellos callaban al verme pasar, sin dejar de manifestar con sus ademanes indiscretos el desprecio y la inclemencia De haber sido una adolescente procedente de una familia funcional, no me hubiese adaptado. Lo que desconocía el alumnado era que a pesar del rechazo lograba sentirme en el colegio mejor que en mi hogar. Al menos los que allí me maltrataban no eran los de mi propia sangre, aquellos seres a los que el destino me había unido por un nexo indisoluble e incomprensible. Cerca de la mitad del claustro de profesores me ig

