—Me debes una disculpa por enjuiciarme a la ligera.
Muy lejos estaba mi simpatía de recibir un premio de parte de cualquier ser viviente. Le solté una bocanada a secas, sin gracia o soltura.
Era entendible que los habitantes del caserío manejasen los puntos y las comas de mi aburrida existencia. Muchos ojos se posaban en las espaldas de la familia Santos, para bien o para mal. Lo que no era comprensible era ser juzgada con superficialidad.
Esteban asintió en silencio y entrecerró los ojos con picardía.
—Conservo la flor que me diste cuando éramos unos críos. Por cierto, nunca agradecí que me libraras de aquel malévolo cangrejo—. Cuanto tenía por decir, fue dicho en cuestiones de segundos.
—El pobre, solo buscaba sobrevivir. —Apoyó su afirmación con una extensa contracción de hombros.
—Igual que yo. Me dejó una huella.
Le mostré el dedo con una inflexión de orgullo. Tras palpar su relieve durante largo rato, él se sentó a mi lado con las piernas cruzadas. Luego observó:
—Ahí no hay marcas. Me estás tomando el pelo.
No era del todo cierto. Quedaba un tenue vestigio apenas perceptible.
—Lo siento. No se me dan bien las bromas. —Me excusé.
Podría explicarle que me había examinado con una lupa, pero sonaría bastante extraño, y ya de extrañezas tenía por desandar un largo camino. A mi pesar, recuperé la extremidad que ya no le resultaba interesante e improvisé un hilo conductor para proseguir la plática.
—Recuerdo que cuando apenas levantabas una cuarta del suelo, tu padre te llevaba de la mano a visitar a tu tía.
¿Una cuarta del suelo? Imaginaba que era así cómo se comunicaban los poblanos entre sí. Entonces, ¿por qué me miraba tan raro?
Resistí la tentación de soltar otro disparate y sellé mi intervención con un hondo suspiro.
Esteban titubeó y después sonrió con perversa timidez. Le divertían mis locuras y no se molestaba en ocultarlo.
—Tienes una entradas muy graciosas, Fernanda María. Eres algo rara, pero me haces reír.
¿De qué rayos hablaba este tipo? Yo era una jovencita recatada que recién había cumplido mis dieciocho años, no la payasa del circo.
—Mi padre no me ha educado para que dos patanes como tu hermano y tú se burlen de mí. Más respeto. Para mí, los extraños son ustedes. ¿Que es eso de faltar a la escuela solo porque sí? Les saldrán orejas de burro como a Pinocho.
De nuevo, se echó a reír. A medida que yo más despotricaba más gracia le hacía. ¡Es que los pueblerinos no se aburrían de majaderear a tontas y a locas! El entretenimiento preferido Rojo Cangrejo era molestarme.
Un sollozo seco se ahogó en mi garganta. Ya mi cabeza no se concentraba en el trozo de hombre semidesnudi que se encontraba encontraba escasos centímetros de mis áreas prohibidas ni en las fotografías que había descubierto en las revistas de mi padre. Si todos me trataban como a una chiquilla era porque, en el fondo, me comportaba como una pequeña llorona chillona.
Casi sin pretenderlo, un mar de lágrimas hizo avalancha a través de mis ojos hasta el cuello del chico. Algunas en ellas, cayeron en sus labios. De ese modo, él paladeó el sabor anticipado de mis sustancias.
Se pasó la lengua por el borde de la boca y se mordisqueó con suavidad mientras se empecinada en pensar con raciocinio. También a él le costaba comportarse adecuadamente cuando una mujer de belleza mediocre respiraba junto a su cuello.
Nuestros alientos se fundían en uno solo. El suyo, olía a café de las montañas. El mío, a miedo e inseguridad.
—Apártate de encima de mí. Con ese cuerpo de marmota paralítica me impide respirar. Eso me duele.
Mentí. En ese aspecto era bastante buena. Mi lengua solita inventaba las trolas sin que mi mente pensase. Era parte de un mecanismo de adaptación asumido por mi organismo para sobrevivir.
—Perdón. —Balbuceó sin moverse.— Es que creo que el ziper de mi short se ha enredado con tus ropas.
¡El qué! Él no podía meter sus manos cerca de mis partes íntimas. Me haría morir de vergüenza.
—¡Espera! —grité sin respirar. Yo lo hago.
En el momento más inoportuno mis manos trastabillaron. "¿Qué estoy tocando?", me pregunté."¿ Por qué su m*****o es tan enorme? ¿Acaso crece?"