-¿Sabes que esta historia jamás tendría un final posible? Ni en tus sueños, ni en los míos -le dije a Esteban. -¿Y por qué? ¿En qué tipo de mundo vivimos? Estamos en el siglo XIX, no podemos aferrarnos a las normas del pasado. Esteban tomó mi mano y me estrechó sutilmente los dedos. Sentí cómo me dejaban de latir. Estábamos a solas, a la orilla del río. Mi cuerpo temblaba de emoción y, en lugar, de aceptar su cercanía y la invasión de mi intimidad, me eché a correr. Dije adiós a mi mochila repleta de golosinas, a los bailes de la Pelandruja y a mis sueños de ser una adolescente común. Había nacido con la estrella de la mala fortuna, alumbrando mi camino. El camino de regreso a la finca me pareció aburrido y tedioso, sin la magia que había percibido horas atrás. Al llegar a la casa, cr
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