Cuerpo a cuerpo

788 Palabras
Procuré en vano tirar otra dentellada. No le tomaría por sorpresa en una segunda ocasión. A diferencia de mí, él había aprendido a pelear. Aunque me tenía bien sujeta, todavía le sobraban manos para apartar los rizos de mis ojos. Yo los mantenía cerrados mientras trataba de evitar esos pensamientos erróneos que me atormentaban. Él estaba buenísimo, sí, pero tal vez era un violador en serie o el homicida que tiraría mi cuerpo desvencijado a un solar yermo. No era aconsejable sentirse atraída por un idiota suculento en el punto de cocción exacto. Poco a poco, entreabrí los párpados. Su rostro apenas distaba unos centímetros del mío. El resto de su anatomía estaba mucho más cercana, tanto que una cosa dura y picuda se clavó en mi muslo izquierdo. ─¡Pervertido!─ grité aunando los últimos vestigios de mi energía. ─¿De qué hablas? Cuando sus bonitos ojos color café parpadearon, encendieron en mi interior una llamarada. Los recordaba de un tono más oscuro. Estaba convencida de que alucinaba debido al estrés. ─Eres un maldito degenerado. Continuaba luchando, pero cada vez con menos fuerzas. Luego del momento clímax, agoté mi resistencia extra. ─Tienes un gusto exagerado por las blasfemias. Era de origen familiar. A mi pesar, me asemejaba a la abuela. Sus ojos se oscurecieron con lentitud, tomaron el color oscuro que recordaba de mi anterior pugna en el patio de la escuela. ─Y tú por chicas recatadas ─le respondí en un susurro─. Te has equivocado conmigo. No soy lo que piensas, Guillermo. Su boca se acercó a la mía con desquiciante suavidad. Un suspiro delató mis íntimos anhelos de ser besada por un ser real. Llevaba tiempo ensayando con las muñecas, mucho más de lo normal. Me saboreé los labios. Esperaba la inmediata invasión de mi intimidad, y aunque no podía defenderme, tampoco lo deseaba. Mi piel delataba mis emociones, se estremecía sin mi consentimiento. El más mínimo roce de sus manos me ponía los pelos de punta y las mejillas arreboladas. Mi respiración se entrecortaba mientras me abandonaba a los instintos primigenios que negaban el raciocinio. Ya no podía, mejor dicho, ya no quería seguir luchando. Un murmullo se extrapoló de la realidad y se coló en ms sueños. ─Me llamo Esteban. Guillermo es mi hermano. Me encantaría decirte que ha sido un gusto conocerte, pero no soy del tipo de hombre masoquista. Has dejado una huella en cada uno de los sitios de mi cuerpo. ─Se detuvo para recuperar el aliento También a él se le habían agotado las reservas. Ambos necesitábamos una tregua. Pensativo, se rascó la nuca con una mano antes de proseguir─ Algo me ha quedado claro. La próxima vez que te vea, huiré sin previo aviso. ─Lo siento. Ustedes son…─ Bajé la guardia para parecer humana. ─¿Gemelos? No. Nací once meses antes. A tu favor diré que nos suelen confundir, pero nunca he recibido una golpiza destinada a él desde que abandoné las travesuras infantiles. Luego de que le detallé con tranquilidad, noté algunas diferencias que me hicieron anhelar esconder la cabeza debajo de la tierra. Si esa no era la mayor vergüenza de mi vida, estaba próxima a serlo. Esteban giró su muslo derecho con el fin de dejarme una mínima libertad de movimientos, pero el remedio fue peor que la enfermedad. Cuando la cosa dura se deslizó por mis entrepiernas y se removió cerca de la entrada del pubis, ardí en llamas. Aunque ese chico no se nombraba Guillermo, sin duda era igual o peor de depravado. ─¡Qué alguien avise a los bomberos! ¡Hay que apagar el fuego! ─bramé asustada, casi para mis adentros. Él me miró con una mezcla de burla y asombro. Si mis comentarios no estuviesen habitualmente fuera de sitio, yo no hubiese sido Fernanda María Santos, sino una persona común. ¡Tanto interés me había despertado el sexo y ahora, que tenía a un trozo de macho bien dotado encima de mí, desaprovechaba la ocasión! Ni yo conseguía entenderme. Encogí las rodillas y deslicé mis glúteos entre la grava para alejarme de Esteban. Él se separó suavemente hasta quedar sentado a horcajadas sobre mis rodillas y me permitió acomodarme. Apoyándome en la palma de mis manos, me desplacé hacia atrás a la par que rodaba la mirada por su torso desnudo. Benditos pectorales definidos y bendita musculatura abdominal. Maldito cuchillo de pesca que colgaba de su cintura justo en el sitio exacto que le corresponde al órgano masculino. ¡Qué porquería de vida! ¡Hasta los sueños me salían mal soñados! Al final, iba a tener razón la vieja bruja que se burlaba de mí sin cesar. Me tragué las ansias de mi reprimida excitación. Era lo más juicioso.
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