Una primera vez

1596 Palabras
El fallecimiento había dejado un estrago en mi familia. No porque mi maestra particular se diere a querer -ya he aclarado mi posición al respecto-, sino por su precipitada partida. Estábamos a mitad del curso escolar y en medio de la nada. Por tentadora que fuese la paga ofrecida por la prestigiosa familia Santos, un educador de respeto se lo pensaría dos veces antes de atravesar llanos y montañas y sepultarse en el fin del mundo, o lo que es lo mismo, en Rojo Cangrejo. Cualquier chico hubiera agradecido a Dios unas vacaciones forzadas. ¿A quién le agrada acudir a la escuela cuando afuera, para variar, el sol raja las piedras? A simple vista, mi impetuosa insistencia en el reinicio del curso, ratificaba las suposiciones de mi incipiente locura. El hecho de que me faltase algún que otro tornillo era una verdad relativa e innegable, pero no estaba relacionada con mi rudimentaria alegría. Tampoco me consideraba más madura o inteligente que un adolescente promedio. Para quien estuviese en mi posición ir al colegio sería un enorme placer con letras mayúsculas. Luego del deceso de la señorita Dumont, la abuela había colocado la suela de su zapato sobre mi cabeza y ajustado la correa alrededor de mi cuello. Quizás algunos de ustedes se conmuevan con la dedicación de una pobre anciana a la enseñanza de su nieta y justifiquen su enfermiza obsesión. No les recomiendo que se dejen llevar por un eufemismo. La bruja mayor había concebido una maniobra maestra para fastidiarme. Se esforzaba en que la «chiquilla pelirroja», como me llamaba con desprecio, se volviese loca de remate igual que su madre. Cumpliría su mayor anhelo al verme, demente, babeándome e internada en un sanatorio a millones de millas de distancia. El día en que yo fuese borrada de manera definitiva de su vida, se consideraría cien porciento feliz. Para alcanzar su objetivo, estableció una estricta rutina de tormentos solapados que comenzaban con la orden del de pie a las siete de la mañana. Cronometró mis minutos con exactitud. Inmediatamente después del desayuno, cuando apenas me había bajado el trozo de pan por la garganta, me obligaba a declamar una por una las tablas de multiplicar sin saltarme siquiera la más sencilla. De nada valía que le explicase que ya las recitaba al dedillo, sin errores y desde hacía varios grados. Las tenía de repetir una y otra vez. Solo me permitían tomarme un receso si era hora de comer o dormir. ─Me aseguraré de que, este año, las notas de Nanda no sean del montón. ─Refunfuñó un día en que se despertó antes del canto de los gallos. Acto seguido, recibí la mayor conferencia de Herculano apoyado en Tales, Pitágoras, Arquímedes y otros personajes que no recuerdo hoy ni estoy interesada en hacerlo. Como desenlace no hubo a quien pedir ayuda. ─He dicho. ─Clodomira se regodeó eufórica. ─Ella ha dicho «he dicho» ─masculló el abuelo. Cuando protesté, Clodomira movió la cabeza en señal de desagrado, se acomodó los espejuelos en la punta de la nariz, y murmuró: ─La pobre, ¿qué esperar con esos genes? Es igual a Jesica: loca, torpe y tonta. ¡Semejante combinación! ¿A quién iba a salir sino a esa desvergonzada psicópata? ¿Cuántas veces había aparentado no escuchar los constantes comentarios que no solo dañaban la memoria de mi madre, también atentaban contra mi autoestima? Mi mente, susceptible a la manipulación, por períodos cedía terreno a las maquinaciones de la abuela. Luego, me intentaba convencer de que sus aseveraciones estaban erradas, me erguía y resurgía desafiante de mis cenizas al estilo del ave fénix, con restos de fuego en mi cabello carmesí. En lo que los adultos tomaban una decisión con respecto a mi futuro inmediato y a largo plazo, se me gastaban los días sentada tras el cristal. Afuera había un mundo real, un mundo con personas colmadas de sueños y esperanzas. Afuera podría, de una vez, comenzar a vivir. A Carlos me lo eché en bolsillo tras unos cuantos arrumacos. El consejo de la psicóloga le forzó a decantarse a mi favor y abrir los cerrojos. No valoró el enojo de Clodomira ni la abstención de Herculano. La mañana del lunes, me levanté antes de las seis. Hipólita me torturó sin que emitiera queja alguna hasta que mi peinado excedió la admiración. El vestuario me definía como una jovencita recatada, sin pizca de malicia o presunción. Según mi neófita opinión, no había en mi atuendo algo de más ni de menos. Bajé las escaleras mirando de continuo a la derecha y a la izquierda y con la respiración contenida. Evitaba tropezarme con las muecas maliciosas de la abuela, pero solo por amargarme el día, ella me esperó junto a la entrada principal. ─¡Rayos! ─Utilicé una grosería inocente aunque debí haber disparado con una bazuca una palabra podrida de talla extragrande. La imagen de la excelentísima Clodomira Santos sin su disfraz de señorona de alta alcurnia y con rulos en el pelo, metía miedo al susto. Pegué un responso al verle, enfundada en su batón floreado y sin sostén, con los pellejos colgantes. ─No pienses que siempre que luzcas tu sonrisa de mosca muerta, te saldrás con la tuya. El idiota de Carlos confunde sus prioridades, yo las tengo bien definidas ─alegó la bruja con su perenne malicia. Si ella era capaz de insultar a su hijo idolatrado, me pregunté qué depararía para mí, una pobre piedra en su zapato. Abrí la boca con el propósito de cantarle cuatro verdades. Era el momento de que se enterase de una vez de que era ese idiota, al que menospreciaba con entonación irónica, la única persona con poder legal sobre mí. Sin embargo, cohibí mis instintos camorristas. Clodomira no me robaría el optimismo. Si mediar un «buenos días» con el chofer, tiré la mochila a través de la ventanilla del automóvil. La puerta trasera se las dio de pendenciera y se negó a abrir de manera educada; así que, a pesar de la mala cara de Alberto, la obligué de una patada. Lo importante era salir de El Framboyán a como diese lugar, ya fuese montada en un asno o a rastras. Al llegar a la escuela, cientos de ojos se prendieron de mi nuca. Mis sueños no incluían un recibimiento con bombo y platillo. Me conformaba con la indiferencia inicial e ir ganando amigos con el transcurso de los días. Pero según reza el refrán: «del dicho al hecho hay un trecho». Demoré dos siglos en encontrar el aula y otro más en abrir la puerta. El estacazo de agua caído la noche anterior había hinchado la madera. Mientras empleaba en vano mis fuerzas, el reloj me recordaba con su tic tac que la expresión «llegada tarde» se convertía en «llegada tardísima». Cuando comprendí que mis manos sudorosas eran insuficientes para resolver el problema, me auxilié de la cadera. La bisagra cedió, pero trastabillé hasta la mesa de la profesora y me di de bruces contra su desagradable anatomía. Di un salto hacia atrás con diligencia y... se me acabó la gasolina. Los miedos me ganaron la batalla y me convertí en una idiota con cara de tonta. ─Fernanda María Santos se ha dignado a acompañarnos por el resto del curso. Espero que su presencia nos aporte tanto como la nuestra a ella ─afirmó sin detenerse a mirarme. Debido a que he sido una experta en decodificar mensajes solapados, me reservé el saludo. La bienvenida de la educadora no tenía muy buena pinta. Nunca conté con luchar contra el profesorado. Inocentemente, le creí de mi parte. Ese fue mi primer error. Con risas mal disimuladas se amenizó mi entrada triunfal en el salón mientras buscaba un asiento vacío en el fondo. Siempre he tenido la suposición de que si nadie me ve, entonces, soy invisible. Ahí radicó el segundo error. Iba con el corazón sepultado en el inframundo. Sobró el pesimismo para hacerme tambalear. Tropezaron entre sí mis dos pies izquierdos y caí en cámara lenta. Durante el descenso, me vinieron a la mente un puñado de ideas angustiosas. Fluían a una velocidad inverosímil, entraban y salían dejando en mi interior una sensación desconcertante. «Húndete, tierra, y trágame», me reclamó mi faceta tímida que, con frecuencia me ganaba la partida, en el interior de mi descerebrado cerebro. ─¡Calla de una vez, Fernanda! ¿No te das cuenta de que tus comentarios nos hacen más mal que bien? ─le respondí en alta voz. En un instante, mis compañeros mudaron la expresión sarcástica por el asombro. Sin algo mejor en que entretenerse, juzgaron sin compasión a la pobre desquiciada salida de la urna de cristal. Fernanda María Santos no solo había exhibido las bragas de encaje, también mostraba pedazos del alma al descubierto. Una carcajada destemplada, que rompió el mutismo, fue seguida de otras veintitantas. Al levantarme a toda prisa, el vuelo de la falda se prendió de una ranura y se rajó en forma de siete. Cuanto más halaba, mayor era el desgarrón y la vergüenza. Dolía cada hueso de mi cuerpo mucho menos que recopilar los trozos de mi ridícula autoestima desperdigados en el piso. La profesora me ayudó a incorporarme, pero mi yo valiente se escondió bajo el suelo y allí permaneció por mucho tiempo. Con ilusiones había construido un castillo de naipes fundamentado en el viento. Fue triste contemplar su destrucción sin poder hacer algo para detenerla. Me pesaban los reproches silentes, las burlas mal expresadas, los epítetos licenciosos, y sobre todo, los cimientos de mis sueños cayendo encima de mi cabeza.
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