Debí imaginar que las cosas no serían tan fáciles.
—¿Por qué lo piensas? Anda, dispara. ¿No es esto lo que siempre has querido? Tienes la oportunidad de halar el gatillo y acabar con este miserable hijo que te tocó. ¿Qué esperas? Si no me matas tú, terminaré haciéndolo yo — le señalé con el cuchillo y en el se reflejaban mis nervios.
—No eres capaz de matar ni una mosca. Creo que en el hospital se equivocaron y me dieron el hijo de otra persona. No te pareces en nada a mí, chamaco — me arrebató el cuchillo de las manos, tan fácilmente que no pude evitar sentirme como un completo inútil—. En vez de señalarme con él, deberías comenzar a perderle el miedo. Ese cuchillo podría servir para que tomes la misma decisión que tomó la sucia de tu madre. Todo lo sacaste de ella; lo cobarde y lo inútil. Anda, hazle un favor a la humanidad y a tu padre. Sirve de algo por primera vez en tu vida y líbrame de seguir cargando con la vergüenza de tener un hijo tan miserable y poca cosa como tú.
Oírlo de su boca me dolió, a pesar de que sabía perfectamente que eso era lo que pensaba de mí.
—Claro. ¿Así que todo eso es lo que pensabas de mí? ¿Por qué será que no me asombra? ¿Será porque siempre me has demostrado que no te importo? Gracias, por darme una razón más de intentarlo, aunque fracase nuevamente en el intento.
La verdad es que en ese momento no estaba pensando en las consecuencias. Ya ni me importaba que tuviera esa arma en sus manos. Solo quise abalanzarme sobre él, bajo la misma impotencia, dolor e ira que me carcomía por dentro. Aunque tuvo oportunidad de sobra para disparar, decidió soltar su arma y engancharse a golpes conmigo. Siempre ha sido superior a mí en todos los aspectos. Él siempre ha entrenado por su mismo cargo y era evidente que en una pelea de cuerpo a cuerpo, él tendría todas las de ganar. No obstante, pese al dolor de mis mejillas y de mis costillas por sus sólidos puños, rendirme no lo veía como una opción. No tenía posibilidades de esquivar sus ataques, pues su peso estaba sobre mí, golpeándome con tanto odio, como si realmente deseara matarme. Podía percibir el sabor metálico de la sangre en mi boca.
Estefanía fue mi salvación en ese crucial momento. A pesar de haberle pedido que se quedara allá, esa necia no me escuchó. No podría reclamarle nada ahora, ya que gracias a ella y al golpe del vaso de cristal que le proporcionó a mi padre, pude quitármelo de encima y arrastrarme rápidamente hacia el cuchillo.
La adrenalina, la ira, el rencor, el odio; todos esos sentimientos negativos se juntaron. Lo que me creí incapaz de hacer, era exactamente lo que mis manos habían hecho sin medir las consecuencias.
Mi padre estaba de espalda en el suelo, tocando su cabeza y tratando de levantarse con dificultad, pero pude evitarlo por haberlo atrapado. Aproveché ese momento para usarlo a mi favor y sin encomendarme a nadie, lo apuñalé en el centro de la espalda. Su alarido podía oírlo cada vez más lejos, pues un chillido se hizo presente en mis oídos; una especie de estática. Los recuerdos se reproducían en cámara lenta en mi cabeza, como una especie de película sin fin. Podía sentir claramente su piel desgarrarse por el filo del cuchillo al enterrarlo ferozmente en su espalda una y otra vez. Las salpicaduras de su sangre caliente cayeron a muchas partes; entre el suelo, mi ropa, mi rostro, mis manos. No solo podía saborear su asquerosa sangre, sino que ese olor metálico había inundado mis fosas nasales. Todo lo que podía ver a mi alrededor era ese color rojizo que tanta paz trajo a mi alma.
«¿Qué se siente matar a una persona?». La pregunta que había circulado en mi cabeza, por fin le había encontrado la respuesta.
¿Qué se siente? Placer y una satisfacción inmensa. Es como si el peso que llevas cargando en tu espalda se fuera disipando en cada segundo, en cada suspiro, en cada salpicadura. Mis manos tenían vida propia. No podía sentir lástima, miedo o angustia por ver su cuerpo inmóvil debajo del mío, solo deseaba continuar, hasta saciar mis ansias.
Moví su cuerpo boca arriba para ver su expresión. Anhelaba ver su rostro en ese momento.
—¿Qué has hecho, Athan? — Estefanía pegó su espalda contra la pared, en su expresión pude notar lo aterrorizada que se encontraba.
—No sé por qué estás tan asustada. ¿No es magnífico ver su rostro de espanto y dolor? Hasta el último momento pensó que no sería capaz, pero le he callado la boca; por fin se la he callado — una incontrolable risa salió de lo más profundo de mi garganta, sin posibilidad de retenerla.