Capítulo 7: La amenaza de Lucy

1701 Palabras
Max mira a Evan con molestia, ¿por qué tiene que sacarla a ella a colación? —Siempre he sabido dónde está. —Entonces te diré por qué yo me quedé solo, como tú —Max duda un momento y se vuelve a sentar, con la risa más burlona de toda su vida—. Supongo que sigues siendo el mismo chismoso de siempre. —Sí, pero quiero saber cómo el gran Evan Smith terminó tirado… imagino que peor que yo. —No te equivocas —llega el mesero con las entradas, momento que Evan aprovecha para sonreír con cierta tristeza—. Creo que los dos lo tomamos de manera distinta, tú te fuiste por la diversión, yo por alejarme de la gente. —Sí, y para eso te hiciste senador, para estar lejos de la gente. —Contrario de lo que crees, esto te aleja mucho de las personas, porque no te ven de la misma manera. Te vuelves solo un instrumento para conseguir cosas. —De eso se trata el servicio público. —Sí, pero de cierta manera te vas perdiendo y las emociones se van al caño, olvidas cómo tratar a la gente… pero eso se solucionará muy pronto. —Acepto, solo porque veo que estás más arruinado que yo. Al menos yo sé lo que es divertirse. —La diversión que me dices, no es válida si luego tienes que pedir disculpas. —Idiota. —¡Bien! Entonces es un trato —dice Lucy emocionada—. Hoy mismo haré que elaboren el contrato, se lo enviaré a su asistente en cuanto lo tenga entre mis manos. —Perfecto, ahora podemos disfrutar de la comida con tranquilidad. —Me temo que yo me retiro, en serio tengo que ir a un hospital —Max se pone de pie—. Tú y yo tenemos una conversación pendiente. —Me pondré de acuerdo con tu asistente durante la semana que sigue. —Como sea —se encoge de hombros, camina a la salida, sin dejar de sentir la creciente curiosidad de cómo terminó solo, sin ejercer la profesión que lo volvía loco y sentado en un raído sillón en el senado—. Pide un taxi, se sube y le pide que lo lleve al hospital más cercano. Ahora sí puede quejarse de dolor, abrazarse las costillas y tirarse en el asiento. Mientras que, en el restaurante, se quedan Lucy y Kevin, con un sorprendido Evan de que no lo quisieran acompañar al hospital. —¿Es grave lo que tiene? —Puede ser —dice Kevin sin una pizca de preocupación—. Se lo merece, se pasó un alto en una esquina y chocó a otro auto. —¿Hace cuánto? —Mmm… unas dos horas. Evan no dice nada más, pero tiene la sospecha de que Max fue el otro conductor involucrado en el choque que tuvo Giselle. Las casualidades pueden ser de lo más locas y eso es algo que estos tres personajes van a descubrir muy pronto. El almuerzo se desarrolla entre compartir algunas experiencias, afinar detalles del software y para cuando terminan, Kevin le da la mano al senador para despedirse con cordialidad. Luego se acerca Lucy, quien lo atrae un poco hacia ella y le susurra de manera peligrosa. —Si descubro que usted es el hijo de puta que le hizo daño a mi Max, me va a importar una mi3rda que sea senador de los Estados Unidos. —Copiado, mi señora —Evan le deja un beso en el dorso de la mano y le sonríe. Lucy camina todo lo digna que puede salir de allí, como si no acabara de amenazar a un político importante. —¿Qué le dijiste al senador, madre? —le pregunta Kevin cuando le abre la puerta del auto para que suba. —Nada importante, sólo algo que una madre puede decir. Llévame con tu hermano. Evan los ve salir de allí a través del vidrio, pensando por primera vez que aquello que sucedió hace trece años a él lo hizo desconfiado, pero a Max lo volvió aún peor. —No puedo creer que yo sea el responsable de su comportamiento… no, me niego a admitir que te dañé tanto, amigo mío. Deja salir un suspiro, se pone de pie, paga la cuenta personalmente y luego sale protegido por su equipo de seguridad, marcando al jefe de seguridad, para saber de Giselle. —La señorita está bien, señor, en su casa y con todos los cuidados que usted recomendó. —¿La acompañaste hasta su habitación, como te dije? —No me dejó… la verdad, es muy arisca y hasta nos amenazó con golpearnos si no la dejábamos en paz, que no se estaba muriendo. —¿Me estás hablando de la misma chica que atendí en la sala de mi casa? —le pregunta sin evitar la risa—. —La misma. La próxima vez que se reúnan, la registraré más exhaustivamente, para comprobar que no lleve un arma, ella es de esas personas que justifican la prohibición de armas. —Mantenme informado… y trata de averiguar quién fue el idiota que colisionó con ella, aunque tengo una sospecha. —Como usted diga, señor. Corta la llamada y sale directo a su oficina, mientras que una mujer en su casa está aburrida, llamando a todo el mundo y haciendo todo, como siempre. Está recostada en su cama, leyendo algunos informes de avances, pero no está del todo concentrada, porque esos ojos grises la persiguen, la llaman a la vez que le advierten el peligro de acercarse. —Yo sé que te he visto en otro lugar… pero dónde. Mira a cada momento su teléfono, no para ver las notificaciones, sino para comprobar que aquel hombre que le destruyó la puerta del copiloto no la ha llamado. —Eres una estúpida, Giselle, seguramente no lo verás nunca más. Cierra los ojos con frustración justo en el momento que su teléfono suena, es un número desconocido y su corazón comienza a latir con fuerza, responde algo nerviosa. —¿Aló? —Señorita Sparks —dice la voz de una mujer joven y alegre—, la llamo de parte del senador Smith, para comunicarle que su auto estará en el taller al menos tres días. —Esa es una pésima noticia… —También, por encargo del senador, necesitamos saber si requiere de un vehículo para transportarse. —No, gracias —se apresura a responder, porque ya se imagina que el hombre le enviará un vehículo de reemplazo—. —Bien —nota la incredulidad de la chica y le saca la lengua al teléfono—, espero se recupere pronto. Hasta luego. La mujer corta la llamada y Giselle se recuesta en la cama, pensando en que ese día no puede ir peor. Le entra otra llamada, también de un número desconocido y responde con la misma velocidad de hace un momento. —Buenas tardes, la llamo de parte del hombre que colisionó con usted… —No puedo creer que no quiera dar la cara o la voz, en este caso. Es un descarado. —Disculpe, solo quiero pedirle su dirección particular, enviaremos una grúa para retirar el auto y llevarlo hasta las instalaciones del seguro del señor. —Pues dígale que no es necesario, porque alguien ya se está haciendo cargo del problema y que lo odio, porque me dejará tres días sin mi bebé. —Lo lamento mucho, por favor, indíquenos su dirección… —No le indico nada, solo dígale a ese patán que se muera. ¡Adiós! Cuelga la llamada y deja salir un bufido de frustración pura. Se pone de pie para ir al baño, se moja el rostro y piensa en que ha pasado todos esos años de hormonas alborotadas sin la compañía de un hombre, puede seguir así un tiempo más, hasta que llegue el indicado. La tarde se pasa lenta, hasta que la cena le llega y da por terminado el trabajo por ese día, necesita descansar. —¿Mi hermana ya llegó? —No, la señorita Lilly no ha llegado aún —le dice la muchacha, que la ayuda a sacar todos los papeles regados en su cama y los organiza sobre el escritorio—. —¿Mi padre? —No ha llamado tampoco… —Menuda familia que me gasto, no tiene idea de que estoy accidentada. —Pero no está sola, se lo aseguro. Giselle le regresa la sonrisa a la chica, se sienta para comerse la cena y luego deja la bandeja a un lado, mira su teléfono por última vez, pero solo hay mensajes de trabajo. Se para al baño, se lava los dientes y se mete a la cama, pensando en que todos los hombres deberían irse a la… *** Por la mañana, abre los ojos, ve la hora sintiéndose mejor que el día anterior. Inicia con su rutina diaria, pero un poco más rápido que de costumbre. Le tocará tomar taxi, porque el auto de su padre permanece aparcado en el hangar privado y su hermana no le soltará el auto sin pedir algo a cambio. Cuando baja para tomar el desayuno en la cocina, uno de los encargados de la seguridad le entrega unas llaves de auto. —Buenos días, señorita, le dejaron un vehículo esta mañana temprano, de parte del patán —le dice estas últimas palabras avergonzado—. —¿Qué…? El susurro no la deja paralizada, sale de allí directo a la entrada de la casa y ve que un Audi exactamente como el de ella está aparcado en la entrada, camina hasta él, abre la puerta del conductor y ve una caja de chocolates con una nota. La toma y sonríe en cuanto termina de leerla. «Lamento lo que pasó ayer, espero este lo reemplace mientras el tuyo está en el taller, aunque si quieres, quédatelo. El Patán.» —Parece que no eres tan patán, después de todo… Entra para terminar de desayunar, le pide a una de las chicas de servicio que deje la caja de chocolates en su habitación y luego sale a la oficina en su auto nuevo.
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