La feria de las vanidades En el funeral, mi madre dio lo mejor de sí. Llevaba puesto un sombrerito n***o y un velo, caído sobre los ojos. Dirigía todo con maestría, como un maestro de ceremonias experto, procurando, de vez en cuando, enjugarse la nariz y los ojos con un pañuelo de encaje, cándido. Yo estaba sentada en el primer banco, como castigada. En el extremo opuesto del banco estaba mi padre, con su cara larga. En cuanto entró en la iglesia me estrechó la mano, como si fuésemos conocidos lejanos: quién sabe lo que le había contado mi madre… Jamás ni una sola vez había intentado comprender por mis palabras, y con sus oídos, mis intentos de pedir ayuda, jamás, ni una vez, me había mirado a los ojos para entender qué era lo que no iba bien en su ex-amada-hija. No importaba. Ya n

