Iracundo se sacudió las manos de encima. Dio unos cuantos pasos al fondo del vestíbulo con una mano en horcajadas sobre su mentón, lo frotaba impaciente. Iba de un lado a otro como si se tratase de un león en jaula dejando a un Carlos Alberto indiferente gestionando el servicio de Lavandería. «Debo ver a Daniela. Advertirle del peligro que corre. No dejaré que te hagan daño» . Estupefacto observó un dúo de jóvenes que se acercaron al vestíbulo y se hacían un lugar tras la hilera de recepción. Uno de ellos se apoyaba en el mesón de recepción mientras el otro no dejaba de sostener algo bajo su abrigo de cuero. Llevaba una venda blanca que sostenía el brazo enyesado y justificaba su refugio en La chaqueta. «Son los mismos del aeropuerto. ¡Maldita sea! ¡Son los mismos!». Refunfuñó buscando

