Mis brazos estaban llenos de moretones por culpa de los insistentes pinchazos intravenosos. Una de las enfermeras alegaba que no era fácil conseguirme las venas. Lo cierto del caso es que, entre tanta palpación en pro de una adecuada punción endovenosa terminé como un colador con monstruosas manchas lunares sobre la piel que recubría mi vena radial, la cefálica y la mediana antebraquial , ¡uf! Y tuve suerte de que éstas le parecieron suficientes a mi enfermera-verdugo. Carlos Alberto se dio cuenta cuando tomamos asiento frente al panteón familiar. Estiró su mano hasta tomar mi brazo, le dio vuelta palpando el dorso de mi mano y mi muñeca todavía con restos de cinta adhesiva quirúrgica y de algodón. Removió algunos restos pellizcando con sus dedos índices y pulgar mientras fruncía el cejo y chasqueaba los labios, por un momento se quejo de la decisión de su hermana Carla Felicia, según él, esperaba un diagnostico breve, no una hospitalización preoperatoria. Y al parecer ver tantas manchas violáceas en mi piel lo hizo sentir culpable. La manera en que arqueó cejas y reprochó lo ocurrido me hizo sonreír y él se alegró. Lo supe porque reconocía ese semblante resplandeciente cada vez que alcanzaba un objetivo. Sinceramente, siempre lo admiré y hasta lo envidiaba, no solo por el cariño y aprecio que mi abuelo le propiciaba si no por lo inteligente, popular y exitoso que siempre fue. Yo no podía quejarme, también tuve mis honores académicos. Incluso tuve por más tiempo que él, la beca Presidencial, pero el ser tan “zanahoria” — peyorativo que detestó —me resultaba fastidioso. Una chica joven como yo, de ojos ámbar y con talento artístico casi desde mi etapa de transición menor, merecedora de premios muy cotizados de pintura, merecía un poquito del disfrute de la vanidad humana. Merecía popularidad. Fama artística, y no un diploma de fin de año por haber obtenido el mayor puntaje de la clase, cosa a la que estaba acostumbrada. Pero yo quería salir con chicas y chicos modernos, hablar de música, de videos, de salidas y no de los tediosos seminarios de contabilidad y de finanzas a las que mi abuelo solía inscribirme en compañía del cara dura de Carlos Alberto, que de paso era de lo más aburrido. Nunca me dejaba a solas y cada vez que un chico se acercaba para platicar de cualquier cosa se arrimaba y se pegaba como toda una fiel garrapata. ¡Me fastidiaba! Era como salir con un zoombie y estás a la expectativa durante cada segundo; temerosa de que devore una parte de tu cerebro o del brazo del chico que se atreva a acercarse. Estaba creciendo y estaba en edad de que me dieran mis primeros besos, bueno eso solían decir mis amigas, con excepción de Lyn cuyas costumbres asiáticas eran más medievales. (Estaba convencida de que las mujeres como nosotras debíamos llegar vírgenes al matrimonio ¿Se imaginan? ¿En pleno Siglo 21?). Cada vez que mi amiga Lyn me lo recordaba ponía la palma de mi mano sobre mi frente negando con mi cabeza, mientras sonaba sarcástica con ella. Se me metió en la cabeza que si me moría antes, los gusanos se quedarían como mi virginidad y eso era una verdadera tristeza. ¡Debía darle uso al terrenito que Dios me había dado!, pero la verdad es que no deseaba a cualquier agricultor en mis “tierras vaginales”. Era la única amiga que me conocía como la Palma de su mano, bueno, es que su mano es lo bastante pequeña. Lo cierto del caso es que Lyn siempre supo la verdad de mis temas. Ella siempre supo que era falso el rumor de pasillo sobre mi salida con Robert Gambia, el famoso pintor de cuadros de estilo propio del tenebrismo, pero me gusto convertirme en la chica más popular del colegio. Todas me envidiaban y preguntaban cosas tan descabelladas que cualquier tía del colegio, (¡ah! En Chile se le llama tía a tu profesora), se hubiese infartado si nos escuchaba. De todo ese embrollo solo fue cierto que, sí salimos juntos en una de las exposiciones del norte de Chile y luego en una conferencia de prensas para el festival de arte moderno en Santiago, pero nunca, “pero nunca” se acercó a mí para meter su mano bajo mis bragas y mucho menos, para besarme sobre sus lienzos y pinturas; tampoco fue cierto que mis pezones se endurecieron como limones esmeralda verdes bajo mi blusas al paso de sus caricias, todo fue simple chisme de pasillo versado en cuanta historia rosa había pasado por mis manos y que un día después de mi regreso del evento escupí en la cara de Caroline, una presumida del octavo año que solía decir que: con lo zanahoria ( o sea intelectual) que era, jamás, pero jamás de los jamases, un chico querría salir conmigo. Según ella, mi tendencia correspondía al siglo pasado y mis pretendientes solo podrían ser descendientes de Drácula; se vanagloriaba de mis impericias para los videos juegos y también de la sombra de Carlos Alberto, quien además tenía por función recogerme del colegio los días en que mi abuelo no podía hacerlo. En ese momento en que él arrancaba los restos de algodón de mi brazo comprendí lo atada que siempre estuve a Carlos Alberto e incluso me pregunté a mí misma qué haría yo cuando él tampoco estuviese. Tarde o temprano tendría que irse, bien sea porque se casase con alguna afortunada o Dios guarde, porque tuviese que partir de este mundo. La verdad, pensar en la muerte había dejado de ser un tabú para mí. La sensación de duelo y la resignación a la pérdida de tus seres queridos quedó impresa en mi desde mi infancia. Ver morir a mamá y papá en nuestro auto me marcó de por vida. Lo recuerdo a diario, incluso las imágenes sombrías del accidente se proyectan inconscientemente en mis obras. Mi psicopedagoga y mi psicóloga coincidieron en que el arte representaba mi mejor terapia, por tal razón mi abuelo me apoyó siempre. Él mismo fue quien me indujo a ello, después que la psicólogo se lo sugiriera al ver cada una de las obras bastante desarrolladas artísticamente para una niña de seis años. Desde entonces forma parte de mi vida. En verano solía llevarme al desierto de Atacama, elegíamos un buen sitio ideal para no morir calcinados, sacaba dos taburetes, un enorme quitasol plegable y mi caballete de la camioneta, mis potes de pintura, mi caja de pinceles y se sentaba a contemplarme durante cada uno de mis trazados. De esas obras salieron muchas que me proyectaron artísticamente, pero la que me catapultó a lo lejos fue uno de mis cuadros pintados en uno de nuestros viajes a Valparaiso. Era una zorra de ojos tristes rondando bajo un hermoso y fructífero árbol de cerezos. A raíz de ello, la Caroline lo adoptó como mi peyorativo número uno cada vez que deseaba molestarme; y entre hablar y hablar ya era conocida como la Zorra de los Cerezos. En el mundo artístico hablaba bien de mí, pero entre las amigas de Caroline—que eran muchas— hablaba de mi falta de dignidad y mi furtiva ninfomanía. No lo niego, al principio me hizo llorar mucho. Ni siquiera a las prostitutas les gusta que les llamen prostitutas, pero mi temperamento y las corazas que la vida me obligó a sobreponer en mi corazón como fuerte armadura forjaron mi carácter y aprendí, a disfrutar del peyorativo, darle tela que cortar a la Caroline y disfrutar de la fama que de mujer ardiente me estaba ganando. Sé que a Carlos Alberto le disgustaba, por esa razón solía ser un caraduras conmigo. Me reprochaba mis salidas y me exigía comportarme como la nieta de Hoffmann, quien según él debía ser pulcra y ejemplar. Bueno, últimamente verlo o estar cerca de él activaba mi banco de recuerdos y por alguna razón deseaba refugiarme en él. Quizás porque no tenía a más nadie cerca de mi…él debió darse cuenta de mi necesidad de abrazos y lo hizo, dejo mis moretones en paz y me aferró contra su pecho. Sus brazos de hombre volvieron a intimidarme, pero no me importó y le correspondí con la misma presión mientras una hilera de lágrimas se chorreó por mi rostro sobre la elegante camisa azul que cubría su pecho. Él suspiró sobre las hebras rojizas de mi cabeza al unísono de su abrazo y me besó la coronilla, podía sentir el calor que irradiaban sus labios y la aprehensión de su cuerpo masculino. Fue tal la sensación de abrigo que deseé permanecer allí durante el resto del día, pero no podía. Acababa de salir de la clínica tras una larga y profunda meditación en donde había ordenado mis quehaceres tanto empresariales como artísticos. ¡Esperaba que el mundo de la Gerencia no solapase mi vena artística! De lo contrario sentía que moriría. Para mí el arte es como un orgasmo. Claro, definido en mi propia teoría porque jamás me había acostado con un hombre como para reconocer y gritar a los cuatro vientos que lo había tenido, pero con la recopilación de información de mis clases de ciencias junto a mis lecturas de novela rosa ya podía establecer mis propias conjeturas y definitivamente; pintar para mí, representaba el clímax más alto de una entrega, en mi caso, mi entrega espiritual, pura, cien por ciento etérea y sublime. Y no sé por qué, pero en ese instante extrapolé mi deseo y sensación orgásmica al abrazo cálido de Carlos Alberto, el único ser amado que me quedaba con vida. Parpadeé y tuve que alejarme porque una sacudida extraña invadió mi entrepierna, mi parte más íntima y sensual oculta bajo el algodón de mis panty modernas se humedecieron y sentí vergüenza al creer que el alma de mi abuelo estuviese allí, con nosotros en el campo santo justo en el instante en que deseaba que Carlos Alberto jugase con mi furtiva y esquizofrénica clítoris.
En el momento en que me puse de pie Albert seguía sentado en la banca de concreto me haló hacia él y caí sobre sus piernas, instintivamente él me acomodó en ellas y me encerró entre sus brazos. Yo pude contemplar la capa suave de sus vellos recubriendo la marcada musculatura que su camisa manga corta me permitía ver. Me sorprendí ante su cercanía, y él debió escuchar los latidos briosos de mi corazón porque me sonrió con esa mirada picara e intimidante tan peculiar en él. Pareció aferrarse a mí y por alguna extraña razón me gusto ese calor veraniego que irradiaban sus brazos. Sentí una rigidez leve en su pierna que él solventó al buscarme mejor acomodó , tomó mi rostro y se miro en mis ojos.
—Puedes confiar en mí, Daniela. Para tus tristezas y para tus quebrantos, para tus impulsos y tus necesidades…Se lo prometí a tu abuelo.
Fue inevitable mi cara de asombro y más aún sintiendo el dorso de su mano en mi cintura y sus brazos enredándome sobre sus piernas. Si mi abuelo estuviese vivo jamás hubiese aceptado tal gesto de aprecio. Apenas susurre.
—¿Qué le prometiste a mi abuelo?
Su dedo pulgar rozó mi mentón e hizo que una sacudida eléctrica surcara mi bajo vientre y se esparciera hasta mi abdomen hasta causar un retorcijón en mis tripas los suficientemente audible como para que él se mofase de mí y me invitase a comer por fuera. Pero estuve tan segura, por su mirada de hombre que lo que deseaba comer era otra cosa. Y de mí.