Después de ver salir a Juan Pablo de la casa, sentí el peso de mis decisiones caer como un bloque de concreto sobre mis hombros. No había marcha atrás. Lo hecho, hecho estaba, y fuera para bien o para mal, tendría que lidiar con las consecuencias. Subí a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí con un golpe seco. Me dejé caer sobre la cama y encendí mi teléfono, perdiéndome en videos de danza que parecían prometer una distracción. Después de un rato, la energía me impulsó a ponerme de pie e imitar los movimientos que veía. Mis pies intentaban seguir el ritmo, pero algo faltaba, algo que no lograba identificar. Con un suspiro pesado, me desplomé de nuevo en el colchón. La frustración comenzó a burbujear en mi interior, mezclada con la irritación que llevaba cargando desde hacía hora

