Antes de encender el auto, mi madre se acercó rápidamente.
—¡Adam! —llamó, tocando suavemente mi ventanilla.
Bajé el cristal y encontré su mirada intensa, esa que solía transmitir tanto amor como preocupación.
—Adam, no puedes irte. ¿Con quién practicará? —preguntó, con reproche, como si eso fuera lo más importante en el mundo.
Podrían llamar a Ángel y él vendría en un instante, sin dudarlo. No soy bailarín, soy detective, y esta no era mi batalla.
—Madre, debo irme. Tengo que trabajar en un caso, y con quién practique esa niña caprichosa no es mi responsabilidad —respondí, mientras sentía cómo la frustración se apoderaba de mí ser.
Ella me dio un golpe suave en el hombro, pero con suficiente firmeza como para recordarme que era su hijo.
—Tu padre también trabaja en ese caso, Adam. Tu primo Ángel no vendrá tan rápido, no es así… —la insistencia en su voz era inquebrantable. Sabía que no iba a detenerse. Dice que a veces soy tan testarudo como mi padre y otras tan manipulador como ella, y tiene razón. Pero esto no era mi responsabilidad.
Miré hacia la entrada de la casa y vi a Line recargada en la puerta, con los brazos cruzados, observándome fijamente, desafiándome con su expresión.
A veces me daban escalofríos. Es una persona caprichosa que cree que puede obtener todo lo que desea. Pero eso es porque siempre se lo hemos dado, no solo sus padres, sino también el resto de la familia. Esa sobreprotección había creado una pequeña tirana.
—Está bien, pero solo será una hora —mencioné, bajando del auto, sintiendo que la balanza se inclinaba a su favor. Pude ver cómo esa sonrisa retorcida se formaba en sus labios, prometiendo más travesuras.
Mi madre comenzó a caminar, pero ella no se movió de la entrada. Cuando estuve cerca, se acercó lentamente, hasta que su cuerpo rozó el mío de manera intencionada.
—¡Sabía que te quedarías! —exclamó, y sus labios se posaron en mi mejilla, dejando una huella cálida y deseada. Su risa se deslizó suavemente por el aire, llena de deseo.
Sentí su perfume invadiendo mis sentidos, era una mezcla dulce y adictiva que encendía una chispa en mi pecho. Intenté apartarme, pero ella siguió cerca, su cuerpo aún demasiado cerca del mío.
—Ya basta, ya no eres una niña —dije, forzando la distancia, aunque cada movimiento suyo me tentaba más.
Ella había crecido, su rostro ahora era más angelical, y no solo Juan Pablo estaba loco por ella. Podía decirse que muchos hombres caían rendidos ante su encanto. Su cuerpo era delgado, como una tabla, pero cada curva suya parecía diseñada para enloquecer a cualquiera...
¿Qué demonios estoy pensando? no debería de notar estás cosas en mi sobrina.
—Vamos a bailar y acabemos con esto —dije, apartándome de ella con un suspiro, dirigiéndome al estudio de baile donde mi madre ya había puesto música.
Las notas suaves y sensuales llenaban el aire, creando una atmósfera casi mágica. Mi mente se llenaba de imágenes y emociones confusas mientras la música envolvía cada rincón del estudio, prometiendo un momento de desenfreno en medio del caos de mi vida.
La melodía fluía suavemente, acariciando nuestros sentidos con su ritmo hipnótico. Madre había elegido una canción que parecía diseñada para liberar tensiones, y aunque intentaba resistirme, sabía que no podía evitarlo.
—Vamos, tío Adam, ¡baila! —dijo Line, sus ojos brillaban con diversión, invitándome a sumergirme en esa danza sensual que entre nosotros siempre terminaba en algo más.
A regañadientes, comencé a moverme al ritmo de la música, pero cada vez que me acercaba, ella se alejaba un poco, soltando risas traviesas que encendían una chispa dentro de mí.
—¡Ay, no tan cerca! —se burló, mientras intentaba mantener la distancia, aunque su risa delataba que le gustaba jugar ese juego.
Con cada giro y movimiento, la tensión se intensificaba. La química entre nosotros era evidente, y aunque la música marcaba un ritmo sensual, el aire se llenaba de algo más profundo. En un instante, mi madre interrumpió.
—¡Adam, estás demasiado frío! —exclamó, obligándome a detenerme. Tenía razón, pero la energía que emanaba entre Line y yo empezaba a calentarse peligrosamente.
El sonido del teléfono de mi madre rompió el hechizo.
—Voy a atender esto —dijo, levantando la mano mientras se alejaba rápidamente, dejándonos solos en el estudio.
La tensión entre nosotros cambió al instante. Line me miró con complicidad, sus ojos brillaban con intensidad.
—Así que, ¿tío? ¿Sigues ahí parado o quieres seguir bailando? —me retó, con una sonrisa juguetona que no podía ignorar.
—Claro, ¿qué más puedo hacer? —respondí, acercándome lentamente, con un aire seductor, sintiendo cómo la situación comenzaba a tornarse más íntima.
Comenzamos a movernos nuevamente, esta vez con más confianza y cercanía. La música nos guiaba a través de una coreografía improvisada, cada paso era un juego entre los dos. Sentía su cuerpo cerca, la sensación de su calor que me desafiaba a seguir avanzando.
—¿Ves? ¡Eres un gran bailarín! —dijo con un empujón juguetón, mientras intentaba seguir el compás. Sus movimientos, coquetos y fluidos, me atrapaban por completo.
Mientras girábamos, nuestras manos se entrelazaban con naturalidad, la conexión física y emocional se sentía intensa. La forma en que se movía, con esa gracia que poseía, era como si estuviera invitándome a seguirla hacia un territorio aún más íntimo.
—Si sigues así, terminarás convirtiéndote en una estrella de baile —bromeé, exagerando mi gesto mientras ella reía.
—¡Y tú serás mi compañero de baile famoso! —respondió, con un giro fluido que dejaba ver su figura esbelta y bien formada.
Cada movimiento nos acercaba más, y en un instante, su rostro quedó apenas a centímetros del mío. El aire entre nosotros se cargaba de deseo, la música palpitaba como un latido que nos conectaba más allá del baile.
Line se detuvo, mirándome con una expresión juguetona y desafiante. Con un giro inesperado, deslizó su cuerpo hacia atrás, dejándome seguirla. La conexión era intensa, y cada segundo se sentía como una experiencia nueva e incitante.
—Vamos, no te detengas, ¡sigue! —me animó, girando nuevamente con más seguridad, su cuerpo dibujaba formas que incendiaban mi mente.
Me acerqué un poco más, retando la distancia entre nosotros. La tensión era casi eléctrica, y sentía cómo el ritmo de la música vibraba en cada poro de mi piel.
—Eres más atrevida de lo que pensaba —le susurré, mientras seguía sus pasos con movimientos juguetones.
—Y tú eres más divertido de lo que imaginé, tío —respondió, lanzándome una mirada traviesa que me hizo sonreír.
De repente, se detuvo, cruzando los brazos y mirándome con un aire desafiante, el silencio entre nosotros era cada vez más pesado.
—¿No te atreverías a hacer un paso más complicado? —preguntó con un tono que retaba lo que quedaba de mi autocontrol.
—¿Te gustaría verlo? —le respondí, decidido a no quedarme atrás.
Inmediatamente, intenté seguir una serie de pasos más elaborados, imitando algunos movimientos que había visto en competencias de baile, mientras sentía cómo la intensidad del momento nos envolvía a ambos.
Line rió, sorprendida, con esa chispa en los ojos que me volvía loco, y pronto se unió al juego, tratando de seguir mis pasos mientras sus pies se movían torpemente al principio, hasta que la música pareció tomar el control de su cuerpo.
Cada giro, cada movimiento suyo era un reto para mí, era una invitación a perderme en su ritmo. La melodía nos envolvía como una corriente eléctrica, y cada nota parecía empujarnos a acercarnos más, a dejarnos llevar sin reservas.
Mis movimientos, al principio juguetones, se volvieron más osados, casi provocadores. Deslicé una mano por su cintura mientras giraba, sintiendo el calor de su piel traspasar la tela fina de su vestido. Line no se apartó, al contrario, respondió con una sonrisa que destilaba picardía. La tensión entre nosotros se intensificó, y nuestras risas dieron paso a miradas cargadas de deseo. Cada paso era un desafío, un juego peligroso del que ninguno de los dos quería salir.
—¿Siempre bailas así o es que intentas provocarme? —murmuré cerca de su oído, lo suficiente para que mi aliento rozara su cuello.
—¿Y si te digo que ambas cosas? —contestó ella, su voz era un susurro seductor que me hizo perder el control por un instante.
La intensidad crecía, y yo estaba dispuesto a cruzar cualquier límite cuando la puerta se abrió de golpe. Mi madre apareció con el ceño fruncido, aunque una sonrisa divertida se asomaba en sus labios.
—Lo pueden hacer mejor —dijo, antes de que su teléfono la llamara de nuevo.
—Regreso enseguida —anunció, dejándonos solos.
El silencio que quedó entre nosotros estaba cargado de electricidad. Line me miró fijamente, sus labios ligeramente curvados en una sonrisa que era un desafío abierto.
—¿Y ahora? —preguntó, inclinando la cabeza mientras daba un paso hacia mí, acortando la distancia de manera intencionada.
—Ahora... —murmuré, dejando que mi mirada bajara lentamente hasta sus labios antes de volver a sus ojos— ahora podemos hacer esto bien.
La tomé de la cintura con firmeza y la atraje hacia mí, hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Comenzamos a movernos de nuevo, pero esta vez no había restricciones. Cada paso era un roce calculado, cada giro un pretexto para sentir más de ella. Mis manos se deslizaron de su cintura a su espalda baja, y el calor que emanaba su piel era un incendio del que no quería escapar.
—Estás jugando con fuego, Adam —susurró, en voz baja y entrecortada mientras mis dedos trazaban círculos en la base de su espalda.
—¿Y tú? —repliqué, inclinándome para rozar su cuello con mis labios, apenas un roce, pero suficiente para escuchar cómo su respiración se aceleraba— ¿Estás segura de que quieres apagarlo?
Line no respondió con palabras; su cuerpo lo hizo por ella. Sus manos se deslizaron por mi pecho, ascendiendo lentamente, hasta enredarse en mi cabello. Tiró de él con suavidad, inclinando mi rostro para obligarme a mirarla.
—Quiero ver hasta dónde puedes llegar antes de quemarte —dijo, su voz era un reto que no podía ignorar.
Aceleramos el ritmo, el movimiento de nuestras caderas era sincronizado, hipnótico. La música se volvió irrelevante; el verdadero compás era el de nuestros cuerpos chocando. Mis labios finalmente buscaron los suyos, pero ella se apartó justo antes de que la besara, con una sonrisa que me hizo maldecir en voz baja.
—Todavía no —susurró, dejando que su boca rozara la mía solo un instante, como una promesa que no estaba dispuesta a cumplir de inmediato.
—Line… —gruñí, lleno de deseo contenido, mientras la giraba con fuerza, atrapándola contra mi pecho.
—Eres impaciente, ¿siempre así? —replicó, sin dejar de moverse, dejando que su espalda se pegara a mi pecho. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en mi hombro mientras mis manos exploraban con descaro la curva de su cintura, sus caderas, deteniéndose justo donde comenzaba a arder la tentación.
—Solo contigo —confesé, sin filtros, antes de deslizar mis labios por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos hasta llegar al lóbulo de su oreja. El gemido que escapó de sus labios fue la señal de que había ganado este round.
—Eres peligroso, Adam —jadeó, girándose para quedar frente a mí, sus ojos ardían como si fueran dos brasas. Sus manos tomaron las mías, guiándolas hacia su cuerpo, desafiándome a continuar.
—Y tú me estás volviendo loco, Line —respondí, mi voz ronca mientras sentía cómo la tensión entre nosotros alcanzaba un punto de no retorno.
Entonces, la puerta se abrió de golpe. Madre comenzó a aplaudir entusiasmada.
—¡Eso fue increíble! Si Line baila así, no hay duda de que ganará el concurso.
La interrupción nos arrancó del trance. Nos separamos, respirando con dificultad, nuestros cuerpos aún pegados por la proximidad anterior. Line mordió su labio inferior mientras una sonrisa de frustración y diversión iluminaba su rostro.
—Siempre nos interrumpen —dijo en un susurro.
—La próxima vez nos aseguraremos de que nadie nos encuentre —le prometí, acercándome lo suficiente como para que mis labios apenas rozaran los suyos, dejándola con una última provocación antes de apartarme.
El ambiente seguía cargado, y aunque la música ya no sonaba, el ritmo entre nosotros aún seguía latiendo.