Madison Los pent-house no permiten dormir mucho, sobre todo cuando las ventanas del suelo al techo no estan cubiertas con buenas cortinas opacas y la mañana del sábado es la más luminosa registrada en la historia de la civilización. Xander debe ser un madrugador perpetuo o un sádico. O tal vez ambas cosas. Miro el reloj de la mesita de noche: las siete y media. Dios mío. Se acabo lo de dormir hasta tarde el fin de semana. Cuando recupero el conocimiento, me doy cuenta de que estoy sola en la cama. Las sábanas estan arrugadas a mi alrededor y, por un momento, me siento triste. Quería despertarme acurrucada en el calor de Xander y en ese nuevo abdomen que he estado admirando desde ayer. Su cabeza de pelo oscuro asoma por el marco de la puerta, con el pelo alborotado y la sombra de su bar

