Salimos callados, así nos mantuvimos por un largo tiempo. Caminábamos sin rumbo fijo. No pregunté, él se sumergió en sus pensamientos, su mirada se tornaba triste, muy triste. ¿Qué le habrá pasado? Bajé mi escudo y comencé a mandarle energía. Por momentos cerraba los ojos, cada mirada era un agradecimiento. Al cabo de una hora y media, habló. —Gracias. —fue tan sincero. —De nada, aunque no sé las razones por las cuales me agradeces, —jugaba con mis dedos, no quería demostrar los nervios. —Por no preguntarme, por dejar que la ira se calmara. —Se metió sus manos dentro de los bolsillos de su jean. —Te sentí más triste que enojado. —sonrío. —También. A veces, no comparto… no me siento muy de acuerdo con lo que sucede a mí alrededor. —¿Qué te sucede? —Nos miramos. —Nada, —hice una mueca

