—Nunca habías traído una chica a tu casa, Jing. —Su madre comentó como si esperara una buena explicación de él. Estaban sentados sobre sus rodillas, frente a una pequeña mesa cuadrada, de acuerdo a la costumbre en la tribu de la reina. Él sirvió té en la taza de ella y la miró a los ojos. —Leela no es cualquier chica —respondió con desazón—. Sabes que es mi discípula y la estoy entrenando porque, después de su primera misión, supe que necesitaba un reforzamiento especial. —Me doy cuenta cuan especial es tu entrenamiento —ironizó—. ¿También le enseñas a intercambiar saliva con sus enemigos? —¿De qué hablas? —preguntó con la voz temblorosa. —¡Por favor, Jing! ¿Te vas a hacer el inocente? —Arqueó las cejas—. ¿Crees que no vi lo que ibas a hacer con tu discípula? Te desconozco, nunca

