Una hora y media más tarde, todas estábamos en nuestros dormitorios, algunas tenían su propia habitación y otras, como yo, tenían una compañera.
Yo compartía habitación con Hailee, Juliette con Ray, mientras que Miriam, Támara, Barbie y Agnes, tenían su propia habitación.
Me había colocado el pijama ya, luego de un largo baño, Juliette había querido que la acompañase ya que Ray se había acostado, así que yo estaba esperándola tranquilamente en la puerta. El pasillo estaba desierto, todas las demás estaban en sus habitaciones.
Yo no podía dejar de pensar en Gibran, al menos era todo lo que podía pensar que me alejaba de la imagen del cuchillo en la mano de Támara.
Todo estaba bien, tan tranquilo, tan calmado, ojalá todo se hubiese quedado de esa forma. Pero no fue así.
Un grito desgarrador me hizo saltar en mi lugar. Provenía del baño.
—¡Juliette! — exclamé colocándome de pie.
—¡Ayúdame! — gritó ella.
Eso puso mis nervios al borde otra vez, miles de imágenes corrieron a mi cabeza, no quería pensar en sangre.
—¡Abre la puerta! — le pedí tocándola —, ¡Abre, Juliette!
—¡No puedo! — escuché su desesperación —, ¡No puedo!, ¡ah!, ¡es horrible!
Un escalofrío recorrió cada parte de mi ser, no quería imaginarme nada.
—¿Qué está pasando? — una de las puertas se abrió a mis espaldas —, ¿quién grita? — pude notar que era Miriam.
—¡Es Juliette! — avancé hasta ella —, No sé qué sucede.
—¿Juliette está gritando así? — preguntó Hailee saliendo de la habitación.
—¡Ayúdenme! — exclamó la que estaba encerrada en el baño.
—Ay, no, ¿ahora qué sucede? — Ray salió de su cuarto al fin.
—¡No lo sé, dice que no puede abrir! — me desesperé.
—Tranquilas, iré por Agnes, creo que tiene una llave.
—Tranquila, Juliette, tranquila, ya vamos por ayuda— le dije pegando mi oído a la puerta— ¿qué pasó? ¡Háblame!
—¡Sáquenme de aquí! — gritó —, ¡Ah!, ¡no!, ¡ya sáquenme!
—Debes abrirnos la puerta, está cerrada — insistió Miriam.
—¡No puede, tonta! — moví mis brazos señalando la puerta.
—¡Yo solo intento mantenerla hablando! — se defendió.
—¡Pero no es útil que la mantengas hablando recordándole lo que no puede hacer! — espeté.
—¡Ya cálmate!
—¡No me digas que me calme!
—¡Apúrense, sáquenme!
—¡A ver, quítense! — Agnes apareció con unas llaves en su mano.
Miriam y yo nos apartamos y observamos con atención mientras Agnes abría la puerta.
—¡Tranquila!, ¡ya casi estamos! — dijo Agnes moviendo sus manos con velocidad.
Fue cuando la puerta abrió que casi pude respirar.
Busqué a Juliette con la mirada y entonces todas la vimos de pie sobre el excusado con una toalla envolviendo su cuerpo.
—¡Son horribles!, ¡Son muy grandes! — señaló al suelo.
Y en cuanto nos dimos cuenta de qué era, no supe cómo sentirme, si aliviada o realmente enojada.
—¿Cucarachas? — preguntó Hailee —, ¿Nos alarmaste a todas por dos simples cucarachas?
—¡Les tengo pánico! — se defendió aferrándose a la toalla — alguien que las mate.
—¡Yo voy a matarte a ti! — dije entrando al baño.
Pisé con enojo ambas cucarachas y luego la enfrenté.
—Gracias, Gracias...
—¡No!, ¡cállate! — le grité —, ¡pensé que te habías caído y roto la cabeza y encontraría un desastre acá!, ¡pudiste haber dicho desde un principio que eran cucarachas!
—Lo siento, es que les tengo pánico — bajó la cabeza.
—¡Con lo que le sucedió a Támara hoy deberías saber que no debías hacer algo así! — me apoyó Hailee.
—Ya chicas, está bien —dijo Agnes con tranquilidad —, déjenla, todos le tememos a algo, vamos Juliette, te acompaño a tu habitación.
Esta asintió y se bajó del excusado.
—Lo siento, chicas, no fue mi intención asustarlas — dijo con suavidad.
—No vuelvas a hacer algo así — espeté y salí a paso firme del baño.
Hailee me siguió y pronto nos encerramos en la habitación. Me dejé caer en la cama y cubrí mis ojos con las palmas de mis manos.
—Este día ha sido una locura total —dejé salir un suspiro.
—Lo sé —respondió Hailee —, he querido irme a casa desde que salimos esta mañana.
Escuché el clic del interruptor al ser apagado.
—Yo también quiero ir a casa, no sé por qué — respondí cubriéndome con las sábanas —, Gibran se ha ofrecido a llevarme, pero estoy tan desesperada por verlo que no quiero que lo note.
La escuché reír.
—Estás tan patéticamente enamorada que es tierno.
—Es estúpido, lo sé.
—No lo es cuando a él se le nota más que a ti.
— ¿Lo crees?
—Nena, puedo jurarte que ese chico lleva la cuenta de los meses, días y horas desde que ustedes están oficialmente juntos.
Eso logró que con una sonrisa me quedara dormida.
Y con un fuerte ruido me desperté en medio de la noche.