Habían pasado tres días desde que Lis llegó a la mansión de Alexander García. Durante aquellos días, Melisa evitaba hablar con Alex, cualquier cosa que pareciera o se volviera trivial, porque no podía mirarlo sin recordar lo que escuchaba detrás de la puerta. Fue doloroso y, al mismo tiempo, vergonzoso. Se sentia culpable por admitir que le gustaba, aunque no hubiera ninguna razón aparente para ello. En la sala, los dos se sentaron a la mesa solos, para desayunar, ya que Lis aún no se había despertado. Alex se dio cuenta de que algo muy malo estaba sucediendo, pero no sabía qué era. Se dio cuenta de que mientras Melisa tomaba café, evitaba cualquier contacto visual. —Has estado muy callada últimamente. ¿Te preocupa algo? —preguntó cortésmente. —No. —No te veo mucho por la casa, ni

