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4788 Palabras
La textura de las larvas, que eran cubiertas de una piel de intenso amarillo, era similar a la de los camarones. Los tres coincidieron en que eran exquisitas. Ingirieron muchas, las tomaban directo de las cortezas de los arboles donde crecían y mientras se retorcían tratando de zafarse de sus captores, las metían en las bocas y de inmediato los molares destrozaban a esos pobres animalitos. Amanda vomitaba hasta las vísceras, puesto que nunca se imaginó, tan fachendosa ella, que su marido y sus hijos iban a comer gusanos junto con unos indios medios desnudos y para colmo, tenían la desfachatez y la crueldad de hartárselas vivas. Que asco y que barbarie tan increíble. Nunca se imaginó aquella prestante dama, que sería testigo de aquella bestialidad y mucho menos, que sus hijos, aquellos niños acostumbrados a comer los más exquisitos manjares, comieran esos bichos y menos que fuese su propio padre quien los indujera a aquella perversión.  En realidad, se trataba de unas larvas comestibles que consuetudinariamente por siglos, esas gentes ingerían asi como quienes viven en la “civilización” lo hacen con la carne de ganado, de cerdo y de miles de criaturas que complacen los perversos placeres de comer cadáveres, según relatan infinidades de veces los vegetarianos.  Mientras Amanda arrojaba las tripas, todos, absolutamente todos, después que se habían hartado de aquel centenar de insectos prematuros, se cagaban de la risa mirando a la dama que ya no hallaba que vomitar y que, sudorosa, se agarraba de cuanto árbol encontraba a su paso para poder caminar sin caerse por lo débil que aquella vomitadera la había dejado. Por dos días continuos, ella no pudo comer nada, puesto que había quedado tan trastornada que nada pasaba. Por ello, decidieron retornar a la civilización para que en el hospital, le aplicaran suero para hidratarla. Hasta allí habían llegado las vacaciones. Nunca se habían divertido tanto y ella nunca había vomitado tanto tampoco. Luego de aquellas vacaciones inolvidables, sobre todo para Amanda; la vida de la familia regresaba a la rutina de siempre. Plinio y Gabriel, de nueve y siete años respectivamente, aún de vacaciones escolares; no paraban de divertirse jugando de todo, inclusive jugueteaban futbol en el patio. Hasta Zeus jugaba y metía goles a cada rato. Por supuesto, desbarataba cuanto balón llegaba a aquellas fauces que atemorizaban. Nemesio como siempre, cuando no estaba en la empresa constructora si su presencia era reclamada, estaba encerrado en su altar sagrado; sentado sin hacer más que acariciar unos planos y mirar los retratos que permanecían en su escritorio. Pensaba en su madre y aquella imagen final que de ella percibió hacía ya muchísimos años, no dejaba de perturbarlo. Ni siquiera sus dos hermanos estaban junto a él aunque fuese un instante para que, abrazados, sufrieran juntos, ya que de esa forma, abrazados, se habían ocultado detrás de aquel grupo de costales, mientras tres tipos entraban a la casa y con un enorme puñal cada uno, arremetieranprimero contra Anastasio que bastante lucha les dio y cuando Domitila se daba cuenta de todo cuanto estaba pasando, alertaba a sus hijos, puesto que ellos dormían, aterrados siempre; en la hamaca con ella.  Con un susurro les dijo que se escondieran en aquel rincón atestado de sacos de granos de maíz y de café y ellos de inmediato obedecieron, por lo que los asesinos no se percataron de su presencia. Pero la escucharon llorar de miedo y seguramente, y era lo más probable; también la mataron para que no los delatara. Nunca se imaginaron que ella más bien les hubiese dado las gracias y hasta una fiesta en su nombre hubiese ofrecido  por haberlos liberado de ese demonio. Los muchachos miraron como uno de ellos, el más fornido, le pasaba el filoso instrumento por el gaznate de lado a lado, mientras la sangre brotaba a chorros toda vez que los otros dos, no menos forzudos, la dominaban para que no opusiera ningún tipo de resistencia. Ella se contorsionaba en extremo pero ellos no dejaban de apretarla fuertemente hasta que minutos después, se fue quedando quietecita para siempre. A Anastasio después de haber dado tanta guerra, lo decapitaron de una sola estocada y ni cuenta se dio cuando la pelona se lo llevó. La cabeza quedó justo debajo de la hamaca, al lado de sus alpargatas de suela. Por su parte, Amanda se dedicaba a ejercer su profesión en una de las clínicas más imponentes de la ciudad. Pasaba gran parte del dia en esos menesteres, puesto que resultaban muchos los niños; sanos o enfermos, a los que debería atender. Diariamenteobtenía excelentes ganancias por su trabajo.A pesar de que su acaudalado esposo le decía que no era nada prudente dejar a los muchachos solos, ella hacía caso omiso. Siempre se refugiaba en un feminismo que aunque él compartía en la medida en que su tolerancia lo permitiese, realmente no estaba totalmente de acuerdo con ello. Como Amanda nunca fue de la idea de tener sirvienta o como quiera que se le llamara, además de que no confiaba en nadie, como un defecto obsesivo y compulsivo;cada día hábil, se paraba de madrugada y lo dejaba todo dispuesto, incluyendo comida, ropa para después del baño y todo cuanto necesitaran sus hijos. Además, como no estaban yendo al colegio debido a las vacaciones anuales; sabía que pasarían muy juiciosos todo el dia retozando entre ellos y con Zeus. Y sabía y segura estaba de ello, que de cuando en cuando, su marido se asomaría a la ventana a comprobar que todo marchara a pedir de boca. De esa manera parsimoniosa y apacible, sin visos de preocupación alguna;el tiempo transcurría sosegado, sin nada que alterara el correcto orden de las cosas.            Esa mujer espléndida, amaba a su profesión. Desde niña siempre jugó con sus muñecas, pero cuando su madre le dio, como regalo del niño Jesús, un equipo médico con todos sus accesorios, incluyendo estetoscopio, equipo de otorrinolaringología, una bata blanca, guantes de látex, inyectadoras y un montón de otras cosas que se usan para atender a los enfermos; desde ese momento jugaba a ser la medica de sus muñecas. Nació desde ese instante, su enorme pasión por la medicina, específicamente por aquella rama tan sagrada, como siempre lo ha sido y siempre lo será, la pediatría. Era por ello que, a pesar de que su marido era un acaudalado empresario, ella nunca dejaría su trabajo puesto que no lo miraba como tal, sino como una pasión desmedida de salvar vidas, de coadyuvar junto a los padres, en el desarrollo de los pequeñines. En fin, no se trataba de ganar o no, mucho o poco dinero, se trataba de sentirse útil. A una gran parte de sus pacientes no les cobraba, era pues, una buena labor social la que llevaba a cabo al ejercer su arte.            Todos los días Amanda llegaba a las cuatro de la tarde, loca de la desesperación por abrazar a sus dos hijitos y apapachar a su marido. Los colmaba de tantos mimos que hasta los empalagaba de tanto amor. Ellos se sentían tan felices de sentirse muy amados, por lo que, también le demostraban crecidamente a cada rato, que la amaban con tanta intensidad tal como lo hacía ella. Era una delicia de familia. La armonía se sentía en todos los rincones de la casa. Zeus esperaba su turno y luego de que Amanda apabullara a su familia con tanto amor, se dirigía a él. Primero lo miraba muy seria, el animal a notar aquella mirada, movía tanto el rabo que parecía que se le iba a desprender. Luego, al mínimo movimiento de ella, él corría y la tumbaba cuando se le echaba encima. Ya sentada en el piso, lo colmaba de besos y él la relamía por toda la cara. Era un gusto ver como retozaban un buen rato. Luego, sacaba de la nevera una salchicha y se la colocaba directo en la boca y él se la tragaba sin masticarla siquiera. Asi las cosas, sus vidas resultaban ataviadas de normalidad. Pero lo novedoso siempre se hacía presente y de esa manera, siendo en los tiempos modernos, una cruel realidad, la delincuencia se fortificaba cada dia con más ahínco. Y Nemesio, considerándose cabeza de casa, lo que nadie habría de dudar, tomaba todas las precauciones habidas y por haber. Aunque nunca hubo problema alguno, había adquirido un revolver, instrumento que nunca había utilizado pero que, preventivamente, quiso tener por si se presentaba alguna novedad. Y una noche escuchó ladrar a Zeus más de la cuenta. El animal, siguiendo sus instintos, olfateaba a una hembra en la distancia que estaba en celos, lo que provocaba la locura del macho adulto que era y que nada ni nadie podría evitar. Encerrado como estaba y siendo casto, quiso tal vez el animalito, saber lo que era aparearse. Quiso ser lo que Dios había destinado para él. Quiso ser sencillamente un perro. Por ello, siguiendo a su instinto y a manera de consolación, ladraba a su vida, no le ladraba a ningún ladrón, asesino, violador o cualquier otra lacra que la imaginación de Nemesio sentía por el sólo hecho de que Zeus ladrara.           Buscó afanosamente el arma de fuego, un revólver calibre 22 para ser más exacto y sigiloso, bajó la escalera y, asomándose por la ventana durante varios minutos que le parecieron eternos, solamente visualizó al enorme perro ladrándole al viento, a la distancia, a una novia platónica, tal vez a algún osado gato o a lo que fuera; menos a un ser humano. No observó a nadie dentro de su propiedad, más que al enorme can.Ya tranquilizado, colocó aquel objeto sobre la mesita de la sala y se sentó en el sofá a esperar que se le pasara el susto. Luego de media hora aproximadamente, ya más calmado, decidió ir a la recámara y abrazar nuevamente a Amanda. Zeus seguía ladrando y seguiría haciéndolo por varios días hasta que la hembra dejara de expeler las sustancias que él percibía y que le aligeraban la libido.  Pero el arma quedó a la deriva, olvidada sobre una mesa decorativa, tal como era y para lo que había sido fabricada; para ser un objeto, lejos de lo que el libre albedrio del ser humano decidiera hacer con ella. Llegó el nuevo día y la rutina volvió a hacerse presente. Nadie se percató de que el arma de fuego había quedado en ese sitio. Nemesio se olvidó por completo de ella y no tuvo la debida precaución de por lo menos, sino la hubo de guardar nuevamente, haberle extraído las municiones. Es decir, la dejó olvidada completamente cargada.            Amanda, como lo hacía a diario, luego de prepararlo todo, se despedía de su marido y de los muchachos (aún dormidos, dándoles un besito a cada uno en la frente) y se marchaba a la clínica a trabajar. Nemesio se instalaba en su oficina a ojear la prensa que ya le había hecho entrega el repartidor, mientras al mismo tiempo, escuchaba lo que transmitía la televisión que a esa hora; generalmente era un programa de opinión. Plinio y Gabriel dormirían hasta más o menos, las diez de la mañana. Lo primero que hacían los chicos, luego de sus respectivos aseos matinales, era engullir el sabroso desayuno que permanecía servido sobre la mesa del comedor.Después del desayuno, salían al patio a echarle vainas a Zeus, quien correteaba a los chicos hasta más no poder, jadeando insistentemente y emitiendo unos enormes ladridos que se escuchaban a muchas cuadras de distancias, retumbaban en los oídos detodos y atemorizaban hasta al más macho. Como desayunaban tarde, los chicos nunca almorzaban junto a su padre. Éste se llevaba el almuerzo a su despacho y allí, sin apartar la mirada de la televisión, comía con desgano. Luego, tomaba una merecida siesta, tal como siempre lo hacía. Los chicos, después de cansarse de la monotonía del juego con el perrazo y exhaustos de dar tantas carreras, se dirigían al interior de la casa puesto que ya afuera, el calor se hacía casi que intolerable. A las dos de la tarde aproximadamente, luego de refrescarse un poco tomando una fría ducha, se tiraban sobre la alfombra de la sala a jugar monopolio. Les divertía mucho pasar el tiempo llevando a cabo negociaciones imaginarias. Plinio siempre le ganaba a su hermano. Así se sucedía apacible una tarde que jamás sería olvidada. Gabriel, luego de regresar de miccionar y antes de lanzarse al pisonuevamente donde ansioso para continuar con aquel divertido juego, lo esperaba su hermano,visualizó sobre una de las mesitas del moderno ajuar de la sala, un objeto extraño. Se acercó lentamente hasta donde dicha cosa y quiso saber lo que era. Lo tomó entre sus manos y comenzó a explorarlo. Era algo pesado, nunca había visto algo semejante.           Nemesio recién se despertaba de aquel leve descanso que a lo sumo, duraba hora y media aproximadamente. De repente escuchó un enorme estruendo, un intenso ruido que provenía desde el interior mismo de la casa. Un horrible pensamiento llegó hacia él cuando recordó que había olvidado guardar su arma de fuego y que para colmo, la misma estaba cargada. Siempre mantenía a ese objeto bien alejado de sus hijos precisamente porque a esas edades, los muchachos son excesivamente curiosos. Él fue asi de curioso al igual que sus hermanos y siempre pensó que normalmente todos los niños lo serían; unos más, otros menos. Corrió de inmediato y cuando se apersonó en la sala, un impresionante cuadro se presentó ante él. Gabriel tenía asido entre sus manos el revolver. El muchacho permanecíainmóvil, como ido de la realidad. A escasos metros, Plinio estaba tirado en medio de la sala con un pequeño orificio en el pómulo derecho, del que manaba un hilillo de sangre que se fue acumulando hasta hacer un enorme charco debajo de su cabeza. El muchachito se contorsionó durante unos pocos segundos y luego, se quedó dormido para siempre.           Momentos después, toda la casa se llenó de curiosos, atraídos por el ruido deldisparo del arma de fuego, por los gritos de auxilio que profería Gabriel y los ladridos majestuosos e insistentes del enorme perro. Todos los vecinos querían saber que había pasado. Cuando miraron a Plinio muerto en medio de la sala y el revolver tirado en el piso sobre la alfombra, comprendieron lo que había sucedido. Gabriel todo asustado se escondió en su habitación. Nemesio no reaccionaba y no lo hizo hasta que llegó Amanda vuelta loca y comenzó a darle golpes, presa de un enorme ataque de histeria, a su marido. Cuando Nemesio hubo de reaccionar, se abalanzó sobre el cadáver de Plinio y abrazándolo, le hablaba como si estuviese vivo. Todos al presenciar aquella escena, no pudieron contener el llanto.Amanda se desmayó del fuerte impacto emocional y un vecino la llevó a una clínica. La policía científica llegó aproximadamente una hora después de acaecido el lamentable accidente e iniciaron las investigaciones de rigor. Se llevaron, a pesar de la fuerte oposición de Nemesio, el cadáver del niño para la necropsia de ley. Recabaron los elementos de interés criminalístico, le tomaron fotos a todo y se fueron. Zeus tuvo ladrando como nunca lo había hecho, todo el santo día. Los vecinos ayudaron a limpiar el charco de sangre que había quedado en el piso. Botaron la alfombra y trataron de tranquilizar a Nemesio que lloraba como un niño acurrucado en un rincón.           Amanda regresó unas horas después y de inmediato se fue hasta la sede del cuerpo policial a reclamar el cuerpo del niño y al verlo, la pobre mujer no dejaba de abrazarlo y colmarlo de besos llorando sin cesar. La noticia se supo en todo el país y fue un hecho demasiado trágico por la forma en que se produjo. Nemesio se maldijo por haber dejado el arma de fuego cargada en la sala. Luego de los actos religiosos y del sepelio de Plinio, todo cambió en esa casa. Gabriel casi ni hablaba ni salió más a jugar ni con Zeus ni con nadie. El perro murió meses después. Amanda nunca regresó a su trabajo. Permanecía todo el día mirando una foto de Plinio y Nemesio se encerró tres meses continuos en su privado. Sin expresárselo a nadie, siempre fue de la idea de que Gabriel lo había hecho deliberadamente todo, ya que desde siempre, pensaba aquel apesadumbrado hombre;que el chico había sentido animadversión por su hermano mayor.  Resultaba ese el motivo por el que nunca lo perdonó, ya que hasta la muerte, siempre sintió que Gabriel había asesinado a Plinio, y que definitivamente el motivo de ello fue la envidia. Nunca se sintió culpable por haber él, dejado su arma de fuego olvidada sobre la mesita de la sala, evidentemente que, aunque negligentemente, sin intención de dañar a nadie, mucho menos a uno de sus hijos.El marchito ser solamente abría la puerta para recibir sus alimentos y para que Amanda se llevara luego, los platos sucios. El sanitario quedaba dentro de aquel sitio por lo que no tenía necesidad de salir para nada. No miraba la televisión y hubo que cancelar la entrega de los periódicos puesto que nunca más quiso leerlos. No hacía nada, excepto permanecer callado, sentado en su sillón con los pies colocados sobre el escritorio. Allí mismo dormía, en esa incómoda posición. Nunca más le habló a Gabriel y tampoco fue el hombre amoroso de siempre.           Meses después, Nemesio decidió vender la gran residencia. Se mudaron a otra ciudad a pesar de las negativas de su mujer. Allí, en una casa muy modesta, se asentó la familia a tratar de seguir con los vericuetos de sus existencias marcadas por aquel nefasto sino. Nemesio decidió aquello, en gran parte, porque en su mente retumbaba constantemente aquel disparo que acabó con la vida de su hijo y cada vez que tenía que caminar inevitablemente por la sala, le parecía estar mirándolo en medio de ella, manando de su cabeza, aquel hilillo de sangre por donde se le escapó la vida. Sin que nadie lo supiera, puesto que ni a su mujer le hizo comentario alguno; aquel hombre miraba corretear a su hijo por toda la casa, escuchaba sus risasy perseverantemente,el sonido del disparo era escuchado una y otra vez. Ya no soportaba aquella situación que amenazaba con desquiciarlo por completo. Amanda se fue reponiendo poco a poco y trató a Gabriel con el mismo amor de siempre. La dama, en su actuar, parecía dejar claro el célebre pensamiento de Miguel Delibes, en su inmortal obra (El camino) “Las cosas pudieron haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.” El pobre niño dejó de estudiar un año debido al enorme trauma emocional que vivió al momento que se desencadenó aquel terrible accidente. Tuvo que ser tratado por varios especialistas. Nunca más se recuperó del enorme complejo de culpa y fue creciendo con el alma carcomida por dichotropiezo; el que jamás dejaría de sentir. Nemesio con el tiempo, siguió encargándose de sus empresas. Amanda nunca más ejerció su profesión. Se dedicó desde entonces a ser ama de casa nada más. Atendía a su marido y a su hijo y recordaba a Plinio con mucha nostalgia y enorme dolor. Asi pasaron los años. Gabriel fue enviado por su madre, a petición suya, a estudiar en la capital. Cuando tenía veinte y estaba por graduarse de abogado, su padre sufrió un ataque cardíaco fulminante. Amanda trató de ayudarlo cuando lo sintió inmóvil y fríoa su lado en la cama; pero fue imposible ya que según el especialista que hizo la autopsia había fallecido varias horas antes de que su esposa se percatara de ello. Tan pronto Gabriel se recibió de jurista inició una impecable carrera, inicialmente con Mercedes, su esposa, quien también había estudiado leyes en la misma casa de estudios. Ejercieron enel bufete de un pariente donde dieron sus primeros pasos profesionales. Meses después Gabriel Mercedes y la madre de éste, se mudaron a una hermosa residencia queadquirieron en una de las zonas más lujosas de la ciudad. Diez años después, ya habiendo nacido sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo; Amanda falleció. No pudo consentir por mucho tiempo a sus dos únicos nietos. A ella le fue diagnosticado un cáncer de mama hacía dos años. Fue sometida a una mastectomía total y le fue aplicado, un intensivo tratamiento con quimio y radioterapia; pero todo resultó en vano. Ya el mal se había extendido hasta otros órganos de su cuerpo,dada la rápida metástasis de la que fue víctima. Sufrió severamente los embates de esaterrible enfermedad. Gabriel sufrió mucho la perdida de su madre.           Pasado el tiempo, hizo las negociaciones necesarias de todo cuanto hubo de heredar de sus padres. Se había especializado en Derecho Penal y Criminología y Amanda, por su parte, en el área Mercantil. Entre ambos crearon un despacho de abogados que de inmediato se hizo de un renombre respetable, puesto que convergieron en dicho despacho, todas las especialidades del Derecho. Los más prestigiosos Abogados se unieron al enorme emporio y ya pronto adquirió dicha empresa un bien merecidanotoriedad a nivel nacional. Gabriel quiso especializarse cada vez más y siguió escalando peldaños académicos. Estudió Ciencias Criminalisticas y hasta Derecho Penal Internacional. Constantemente viajaba a jornadas científicas y simposios incluso fuera del país. Invirtió también en varias empresas que de inmediato comenzaron a rendir dividendos envidiables. Así, en pocos años él y su esposa, se convirtieron en los respetables empresarios que siempre fueron. Sus hijos ya pronto seguirían sus pasos y llegado el tiempo, Rodrigo y Gonzalo también se inclinaron por el Derecho y ambos se dedicaron a estudiar dicha carrera. Ese día dejamos la enorme caja en medio de la pieza. La doñita se hubo de asomar mientras me dirigía al abasto en busca de su encargo y seguramente me miró conversar largamente con “El Tuerto Máximo”. Todos sabían el prospecto de delincuente que éste era, incluso ella. Se visualizaba desde ya en aquel muchacho, toda la maldad del mundo. Por eso me estuvo esperando en la entrada de la residencia, muy preocupada por mí, puesto que me estaba tardando más de la cuenta. Estaba sumamente nerviosa y no era para menos. Siempre había mantenido a rayas a ese grupo de andrajosos truhanes. Pero ese día, todos estaban juntos y miraban muy raro hasta el sitio donde ya ella y yo estábamos, justo en la puerta de su habitación; a punto de entrar en ella. La doñita, justamente cuando habíamos dejado la caja ya en su sitio, me paró en seco y quiso saber de inmediato que había conversado con aquel bellaco al que le faltaba un ojo; pero que le sobraba maldad. Yo, sin saber que contestarle, me quedé petrificado en extremo. Le extrañó sobremanera mi silencio. Siempre fue de la idea de que quien calla otorga.Ella, muy lenta, caminaba parsimoniosadentro de la pieza como unaleona enjaulada sin decir absolutamente nada. Se notaba muy aterrada, puesto que nunca había visto a todos esos malandrines juntos. Y era esa forma fija e insistente de mirarnos, lo que más le horrorizaba.Creo que nunca fue conveniente haber hablado con ese tipo. Tal vez, de no haberlo hecho, mi vida hubiese sido otra. Pero lo hice y ya no había vuelta a tras.  Nunca pensé que por el simple hecho de haberle preguntado donde quedaba la salida de aquel sitio que desconocía en extremo, iba a causar tanto revuelo. Definitivamente debí, en el momento que me hizo aquella pregunta, contarle la verdad. Eran esos muchachos de gran peligrosidad y para nadie era un secreto que conformaban entre todos, una banda de pillos que cometían a diario las más variadas porquerías. Peropor ser menores de edad, nadie se metía con ellos. En ese entonces los menores de 18 años hacían desmanes y no eran penalmente responsables de esos delitos. Se habían enquistado en su propiedad y en sus alrededores y no había manera de desterrarlos.  Poco podía una viejita que vivía sola desde hacía muchos años, y en ese momento, con un recogidito de poca edad, hacer algo para batallar con esos bichos.Por ese “simple” hecho, mi pobre vieja se descompuso enormemente. De inmediato, la doñita instintivamente pensó desde ya,en la manera de poder defenderse a sí misma y a mí, de lo que talvez esos malnacidos tratarían de hacernos. Realmente creía que con su edad y con la mía, no se podría hacer mucho. No era por mí su actitud negativa ni su desconfiada. Resultaba yo, más bien ataviado de una enorme suerte al palpar a aquella deidad protegiéndome. Luego la doñita, más calmada, pensó bien las cosas y ató unos cabos que creyó sueltos. Con toda la malicia no pensó que fuese coincidencia que con la primera persona, aparte de ella con la que conversara en un sitio donde se suponía que yo no conocía a nadie; fuese precisamente con “El Tuerto Máximo”, la peor lacra que existía por esos lares.  Pero me vio conversando con aquel calembe y comenzó a desconfiar de mí. A mi no me pasó por la cabeza que ella pensaba que me había encompinchado con “El Tuerto Máximo”. No me echó de su casa ni mucho menos. Por unos días cambió su trato conmigo y hasta se asustaba cuando me le acercaba sin ser escuchado. La idea mía era, taparle los ojos y preguntarle, a manera de juego, quien era yo. Es decir, hacerle aquella broma tan común. Pero ella tal vez pensaba otra cosa. El fantasma de la desconfianza se había hecho presente en su longeva existencia. Hasta que por fin me preguntó que era lo que tanto hablaba con el “Tuerto Andrés”. Me preguntó a quemarropa si era que lo conocía y estaban maquinando echarle una vaina. Sin vacilar un instante, le conté que solamente le había preguntado por donde me quedaba la puerta para salir de allí puesto que estaba yo perdido. Eso la tranquilizó un poco pero siempre tenía sus reservas. Había visto tantas cosas en la vida y aprendió a desconfiar hasta de su propia sombra. Al fin, pasaba el tiempo y como ella no recibió siquiera una mala respuesta de mi parte, volvió a tratarme como el primer día. Me consentía en todo y yo a ella la trataba con mucho cariño.            Desde ese entonces la doñita nunca más salió sola. Gracias a la divinidad,de ningún modo volvió a mirar a todos aquello bandidos juntos y menos, observándola sádicamente y no precisamente por ser joven y bella. Nunca imaginó la pobre, lo que esos desgraciados planificaban de manera pormenorizada, cuidando todos los detalles posibles. Ya éramos los treslos que andábamos para arriba y para abajo. Ella, Demóstenes y yo. Me sentía feliz puesto que apreciaba que por primera vez alguien tenía un nombre más feo que el mío. Pero luego entendí que el nombre del perrito era una preciosidad comparado con ese adefesio que me pusieron. Pero realmente yo no me llamaba asi, me explicó la doñita; puesto que a pesar de la edad que yo tenía, Romualdo era un nombre improvisado. Podía, si me llegasen a otorgar mi partida de nacimiento, colocarme el nombre que yo quisiera. El más bonito que me viniera a la cabeza. Ella me prometió que iba a hablar con un amigo que podría ayudarme. Desde ese entonces comencé a escoger un nombre bonito para que no se cagaran de la risa cuando le decía a quien fuera que me llamaba Romualdo. Ella me dijo que me ayudaría a escoger un nombre más acorde con mi “belleza”. ¡Ahhhhh!  Te puedes llamar Anacleto, o no, mejor que sea Sinforoso. Mejor no, que sea Epimanondas. Jajajajajajaja………Cristino. Jajajaja…… Rebeco. Jajajaja………...           Me daba mucha risa puesto que ella maquinaba unos nombres desastrosos. Prefería seguir llamándome Romualdo, le decía. Finalmente me dijo que me iban a llamar Paolo. Era ese, desde su punto de vista, un nombre espectacular. Me gustó y entonces acordamos que me iba a llamar así desde ese momento. Ella me decía Paolo a cada rato. Primeramente no respondía a su llamado por cuestión de costumbre. Al cabo de unos días ya hasta se me había olvidado que me había llamado Romualdo. La doñita se portaba muy bien conmigo. La vida me cambió de una manera grandiosa desde que llegué a la vida de la doñita. Esa viejecita me dio todo el amor que nunca sentí de la mujer que me parió ni de nadie. El amor todo lo puede, definitivamente. En el ocaso de su vida, aquella noble mujer, pensó hacer una última obra de caridad para asegurar de ese modo, su estancia en la gloria de Dios.
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