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4239 Palabras
Ni Ifigenia y mucho menos Hilda, se preocupaban de mí. Para ellas yo no era más que un estorbo. Por eso, pasaba todo el santo día en aquel enorme patio jugando con figuritas que hacía con barro y que secadas con el sol, lucían como hermosos juguetes. Los desbarataba en imaginarias peleas y luego, vueltos a hacer barro, hacía más para que se secaran y estuviesen disponibles nuevamente al siguiente dia.            Algunas veces, cuando jugaba por los lados de la escuela del barrio, miraba con una estela de envidia; como algunos padres iban a recoger a sus hijos. Caray, pensaba, que bueno debe ser tener un papá. Y era que cuando miraba a aquello señores llegar y al verlos, los muchachitos, más o menos como de mi edad, corrían a su encuentro. Quería ser uno de esos niños. Y ya estando frente afrente padres e hijos, se fundían en un abrazo como si hubiese pasado un siglo y no apenas pocas horas de haberse despedido. Era muy bonito todo aquello. No me daba envidia en el fondo sino una tonelada de rencor contra la vida misma. Cuando estaba chiquito siempre me preguntaba que se sentiría tener un papá y que hubiese sido de mí si hubiese tenido un papá a mi lado. Posiblemente si hubiese tenido esa dicha, todo hubiese sido distinto.           Si hubiese tenido un papá y una mamá como cualquier muchachito se lo merece, que se amaran, que estuviesen juntos en una familia, en una casa bonita, con hermanitos y hasta con un perro, un gato, un pececito o lo que fuere, mi vida hubiese sido distinta lo juro que si. Porque a un niño le hace falta las palabras orientadoras de un padre. Las palabras que reprendan las maldades dócilmente, las palabras de aliento cuando se pierda un juego o se saque alguna baja calificación en matemática por ejemplo. En fin, además de una madre que más que mujer sea eso, una madre; alguien que de la vida por su hijo y no ese adefesio que me trajo al mundo porque no tuvo otra alternativa, y allí, en el mundo, tirado como una basura; me abandonó y ya.A un niño le hace falta definitivamente, un padre que sea digno de llamarse tal, con todas sus letras.            Pero no fue asi y esa fue la causa de toda esa hecatombe que llevé por vida y que me arrastró a los coñazos por el mundo. Por ese mundo donde en mi infancia, llevé más vainas que las que eché. Por el mundo no adonde quise ir, sino a donde me arrojó la vida misma. Fueron las circunstancias sentidas en cada segundo de mi vida, cuando la necesidad me enseñó a aguantar el hambre primeramente y luego, al crecer, a buscar maquinalmente cualquier sitio en que alimentarme para por instinto primitivo, evitar morirme. ¿Que le hice yo a la vida para no haber tenido la oportunidad de tener un papá que si me quisiera? Nada, no puede ser un niño nunca culpable de eso. Pero si los hombres y las mujeres entendieran el gran daño que producen sus actos irresponsables de traer muchachos a la vida para abandonarlos a su suerte, el mundo hubiese sido mejor para todos.  Alfredo,mi hermano mayor, un día salió de la casa y nunca más regresó. Unos pocos años más tarde, cuando oculto de los policías, me bañaba en las fuentes públicas o me escondía a cagar en algún sitio lejano para tapar mi pudor ya que mis ganas eran excesivamente inoportunas; pensaba tres cosas. La primera de ellas era que se había cansado de llevar palos de los clientes de las putas que eran nuestra madre y nuestra hermana, por lo tanto se había largado para siempre. La segunda cosa que pensé que le había sucedido, fue que lo había matado otro malandro más arrecho que él. La tercera eraque se había propuesto superary como en ese infierno eso nunca sería posible, se había largado a comerse el mundo y algún día vendría por mí a sacarme de aquel desastre, ya que entre dos putas y un sicario, yo no iba a tener ningún futuro y en una oportunidad, mirándome en losojos, supo que yo era distinto y que realmente me iba a destacar entre todos y crecería a medida que mis ganas de superarme me lo permitieran.  Cada día, yo hacía votos para que esa tercera posibilidad se ajustara más a aquella realidad con la que había nacido y que había heredado tal vez de algún abuelo. De un padre nunca lo creí, ya que nadie, en sus cabales, podría tener sexo con una mujer como aquella que me parió.Cada noche, respirando aquella podredumbre moral y estando acurrucado en un rincón cualquiera esperando que aquellas bichas terminaran de trabajar y muriéndome de hambre; le rogaba a Dios con mis oraciones inventadas ya que ni a leer había aprendido, que Alfredo llegara hecho un hombre de bien y me llevara con él muy lejos de todo aquello. Pero pasaban los días y nada cambiaba. Solamente variaba una cosa y esa cosa eran los clientes de las putas aquellas. En ocasiones llegaban varios y formaban una tremenda orgía. El cuartucho, después que terminaban todos de hacer sus cochinadas, se llenaba de un humareron sofocante para mí. Tenía que salirme por la ventana para escapar de aquella atmosfera rancia que se formaba en aquella vaina rara donde yo estaba creciendo. Como en ocasiones no miraba a Wilfredo echado mirando al cielo, fumando, deducía que estaría preso como siempre lo decía con orgullo,como si fuese eso una gran hazaña, o aun estaba acostado con la mujer que vivía en la casita en donde me llevaba a dormir en algunas ocasiones.           En dos oportunidades, una vieja de piel oscura que permanentemente portaba un toconcho de tabaco en la jeta con lo encendido hacia adentro, metía unas cosas raras por la hendidura que Hilda tenía entre sus piernas y hacía que saliera un manantial de sangre de allí. También provocaba aquella barahúnda infernal por que debía estar doliéndole mucho lo que la anciana le hacía. Ifigenia la amarraba previamente y trataba de taparle la boca para que dejara de gritar tanto o por lo menos, para que no se dieran cuenta de que estaban haciéndole lo que ya no era un secreto para nadie. Antes de haberme largado de ese lugar, ella ya había abortado cinco veces. Durante unas semanas no podía ganarse la vida haciéndolo  por allí por donde le habían metido aquellos utensilios puntiagudos; pero entonces, parecía una gata en celos y era por otro sitio por donde le arrancaba gritos a los malandros que iban a buscar placer. Ella prefería por ese otro sitio ya que nunca se metería por allí ningún muchachito que luego habría que destrozarlo para que no viniera al mundo a estar estorbando como gritaban a cada rato que estorbaba yo.              En una de esas tantas noches, un carajo de esos que tiraban con las bichas aquellas, tiró un zapato con todas sus fuerzas hacia el rincón donde sintió un ruido creyendo que se trataba de alguna rata. Era yo que, atacado por un espasmo inmenso en mi pierna derecha, me moví e hice un tremendo ruido al tropezar mi pie con la lámina de zinc que fungía como pared. Me pegó el carajazo en plena cara y de inmediato escapó un chillido de dolor de mi boca. El muérgano aquel se paró, encendió la luz y me miró sorprendido. “Mira lo que tenemos aquí”, dijo sádicamente a la pandilla que hacía fila para echarse a las putas uno por uno, a veces de dos en dos. “Miren ese culito tierno, no lo vamos a pelar.” Y cuando le vi la intención a la puta más vieja, de abalanzarse hacia mí para entregarme a esos coños, me lancé por la ventana estropeándome duramente al dar mi cuerpo de lleno contra un pedregal que había fuera de aquel lugar. Hice como las iguanas.Caí e inmediatamente pegué un carrerón y no paré por largo rato hasta quedar exhausto bien lejos de aquella perdición a la que nunca más regresé. Ya iba a cumplir once años cuando me convertí en un niño de la calle. Mi nombre es Romualdo y el sólo hecho de no volver a ver a aquellas putas baratas y drogadictas en mi vida, me hacían sentir libre. No imaginaba que apenas comenzaba mi tormento.Aunque parezca mentira, me llamo así. Creo que no debo tener algún tocayo. ¿A quien demonios se la iba a ocurrir ponerle semejante nombre a alguien? Cada vez que decía que me llamaba Romualdo, quien me escuchaba se cagaba de la risa. Pero lo más bravo era que no tenía ni tuve nunca, un apellido. Era eso nada más, Romualdo.            La euforia por haber tomado aquella decisión que resultó lo único que creí correcto hacer, ataviado a mi edad de inocencia y analfabetismo, me produjo algo que hasta éste momento no sabría como explicármelo ni explicárselo a alguien. Cualquier decisiónhubiese resultado grandiosa, menos haber permanecido un segundo más viviendo en aquella miseria más humana que física. Y eso que llamar humanas a esas locas, resultaba ya demasiado inverosímil. En verdad que para que una mujer llegase a ser prostituta, tendría que ser humana primeramente y ellas de humanas no tenían ni un átomo siquiera. Yo digo que no eran más que dos monstruos insensibles; pero se trataban de la mujer que me parió y de otra que era sangre de mi sangre. Resultaba en mí un reflejo de nobleza que mucho más tarde rendiría frutos. A saber: “Madre es madre.”Siempre resultará una utopía desde mi mezquina óptica, que se pueda llegar a odiar a una madre. Yo pensé que la había odiado desde siempre, pero no fue así. El amor de hijo que sentiría muchos años después por esa mujer, me destronaría de un solo zarpazo de los predios del infierno.  En éste momento me río de mí mismo. “Madre es madre” quien lo iba a decir, creo que alguna vez llegué a considerarla como tal y a quererla aunque fuese un poquitín. De cualquier forma, ya había dado ese primer paso. Me había largado de la casa. De cualquier manera me iba a hacer falta mi mamá. No era yo de hierro aún. Era apenas un mocoso ingenuo. Un chamo, como se le decía más modernamente tratando de emular tal vez como en México le decían a los muchachos, un chavo, como el del ocho. Era precisamente a él, al ficticio personaje magistralmente representado por don Roberto a quien me parecía cuando me largué de casa para siempre. ¿Será que alguien se habría dado cuenta de mi ausencia? ¿Será que Hilda me habría echado de menos? ¿Me habría extrañado Ifigenia? Nunca tendría respuestas para esas interrogantes que a diario, en los rincones hediondos a miados y mierdas, me hacía. Era en esos sitios a donde desde ese entonces me escondía.  No supe que fue lo mejor. Lo cierto era que nada bueno había sido creado para mí, por lo visto. Aún no imaginaba que me esperaba una sorpresa que me haría feliz por primera y única vez en mi maldita vida. En cuanto al chavo, me parecía realmente a él. Pero solamente era eso, un mero parecido físicamente. El chavo era una marejada de inocencia. Yo también lo fui por unos instantes, algunos meses quizá. Me hubiese gustado ser eternamente un niño inocente como el chavo del ocho.Ser albergado en una vecindad, tener amigos como Kiko, la chilindrina, la popis, ñoño y de verdad hubiese sido enormemente feliz; pero no. La vida me tenía deparada otra alternativa. Demasiado diferente. No llevaba conmigo más que los andrajos con los que vestía, el hambre que nunca me faltaba y un miedo miserable que me helaba la sangre, puesto que nunca había pernoctado fuera de aquel chamizo donde prácticamente había estado desde que llegué al mundo, más allá que para jugar y hacer mandados. No tenía amigos ni nada que se le pareciera. El único que medio me tendía la mano era Wilfredo y creo que lo hacía de pura lástima. Alfredo en su oportunidad veló por mí, pero de eso hacía ya varios años. Nunca más volví a saber de él.    Lo grande y ruidoso de la calle me aterraba. Caminé por largo rato sin rumbo fijo hasta que la confusión, el miedo incontrolable, el frío y el hambre; me noquearon por completo y cuando estaba cerca de una plaza, me dirigí a una de las destartaladas banquetas y me senté a descansar y a pensar no sabía en que, porque y para que. Quienes me miraban allí, jadeando de cansancio y vestido como estaba, pensaron que a pesar de mi corta edad y mi extrema delgadez, era yo algo asi como un maula o un niño delincuente, como los que nunca faltaban por esas calles de Dios. Nunca nadie imaginó, que era un nuevo habitante de la calle que había escapado de un cautiverio de más de diez años donde había sido más golpeado que una gata ladrona como dicen por ahí. Nadie imaginaría que estaba naciendo el peor de los delincuentes que había parido esta patria gloriosa.  Y no me gané ese negativo título por placer, la primera causa de ello, fueron los coñazos que recibí de la mujer que me parió, en un principio y luego de aquellos cabronazos que iban a la casucha a tirarse tanto a ella como a mi hermana, que desde tripona no hizo más que vender sus carnes y robar a sus amantes casuales, tal como lo hacía nuestra madre, cuando estos estaban extremados de estupefacientes y alcohol. Todo lo había aprendido de la madre, de su orgullosa mentora. Luego, perfeccioné mis diabólicos actos por lo que aprendí en la calle, por los empujones que el hambre y el frío me dieron y por la gran cantidad de matracazos que llevé de medio mundo. No me sirve de mucho tal vez; pero nunca tuve oportunidad alguna que no fuese la de competir por todo. De codearme con las necesidades apremiantes para poder sobrevivir.  Nunca aprendí nada positivo. El hambre me empujó a todo eso que fui. Aprendí a leer y a escribir en la cárcel. De tanto entrar y salir de ellas por lo menos me dejó eso. Y una de las primeras cosas que hice fue, imitar a los otros muchachos de la calle. Pocos días después de iniciar mi vida realenga, no me quedó de otra que unirme a un grupo de carajitos que como yo, vagábamos sin otra cosa en la cabeza que no fuera sobrevivir. Y para soportar la pela de la intemperie, nos drogábamos con cualquier vaina. Primeramente con pegamento que robábamos a los zapateros remendones y a los tapiceros y cuando estos lograban agarrar a alguno de nosotros, nos pateaban sincontemplaciones y no nos mataban a patadas o a palazos; porque nunca faltaba alguna viejecita que los insultaba como si estaban golpeando a algún angelito. Yo era muy inocente y vivir en la calle, fue un último recurso;pero Dios es grande y“la doñita” me rescató por un tiempo de aquellos malignos tentáculos.           Estuve sentado una hora aproximadamente hasta que mi espalda comenzó a dolerme, ya que aquello no tenía espaldar y ya mi extenuación era insoportable. Miré a mí alrededor para ver si lograba captar algún sitio donde resguardarme, primeramente del frio y también de los infinitos peligros de la calle a esas horas. Miré un gran cesto donde había más basura tirada en el pavimento a su alrededor que dentro de sí. No lo volteaban los perros, porque estaba atado con una cadena y ésta, unida a una argolla que estaba incrustada en una pared. Hurgué dentro del mismo y pude tocar algo más o menos sólido que se encontraba en un recipiente de plástico. Era algo de comida supuse por el aspecto que le sentí, aunque olía más mal que el carajo. Respiré profundo y cuando lo metí a mi boca, lo tragué de inmediato sin masticarlo siquiera. Repetí la misma operación tres veces más. Mis tripas se silenciaron y esa fue mi primera comida en mi vida callejera, arrancada de las garras de las ratas y de las chupadas de las cucarachas e indudablemente, atestada de bacterias y otras vainas invisibles.  Horas más tarde me dolió enormemente la barriga.Parecía que iba a explotar de lo aventado que estaba. Repentinamente, una desastrosa diarrea por poco me saca los intestinos. Hice más de diez veces seguidas de una pestilencia más acentuada que de ordinario. Usualmente, cuando me daban ganas de deponer, que era más o menos cada cuatro días, de seguidas, agarraba un pote viejo y en carrera me iba hasta el aljibe que había cercano a la casa de donde llenaba aquel perol y caminaba apuradito hasta un matorral cercano. Allí, agazapado como un gato aguaitando alguna lagartija, expulsaba lo poco que llevaba por dentro y luego, me lavaba el fondillo hasta que pensaba que me quedaba limpio.  Me secaba con el mismo pantaloncillo que cargaba puesto. Las manos me quedaban hediondas a mierda, pero a mi eso me importaba un bledo. En esa apremiante oportunidad, era tan líquido el desbarate, que comencé limpiando mi trasero con cuanto papel sucio encontraba, al final no me limpiaba nada y de esa manera, mantuve más mierda en mi pantalón que la que quedaba en cada rincón que escogía para excretar aquel desastre. Me sentí mareado y miraba estrellitas danzantes por doquier. Afortunadamente me quedé seco por dentro y aquella enorme cagantina se trancó. Pero las tripas seguían rugiendo como un león enjaulado.   Nunca me había tirado tantas ventosidades en mi vida. Pero no me morí por tragar aquella vaina tan apestosa y maluca como pensé que iba a pasar, aunque de verdad hubiese preferido eso. En fin, después de engullir aquello y de cagar tanto, casi al amanecer, ubiqué un kiosco donde había visto que expendían periódicos y chucherías. Éste estaba ubicado en un leve rincón junto a otros en que preparaban empanadas y otras fritangas. Detrás de dicho kiosco, había un pequeño espacio que creí resguardado de la vista de cualquiera y de la gélida brisa nocturna. Era un espacio demasiado diminuto, pero mi sempiterna mala alimentación me había hecho tan enjuto que parecía un enano. Cupe completico y allí me zampé. Estaba demasiado cansado por lo que el enorme hedor de orines y mierdas de perros, no me hicieron mella. Cuando desperté, había tanta gente a mí alrededor; pero nadie notó que estaba allí. Me paré con el cansancio intacto, me sacudí y me largué enseguida. Aun no me reponía del impacto que significaba verme haciendo la vida totalmente en la calle.  Aunque desde que nací había vivido en esa casucha sufriendo a diario, era un hogar al fin y al cabo. Siempre estuve completamente de acuerdo de que sólo fui un error en la vida de esa mujer. Desde que salí del hospital en el que nací, nunca vio por mí. Bueno, nunca vio por ninguno de sus cuatro muchachos. Los vecinos eran quienes nos daban un poco de comida. En lo que respecta a mí, la señora Juana, una de las vecinas, cuando me escuchaba gritar a todo gañote, me llevaba consigo todo el día y temiendo las represalias de Ifigenia, drogada hasta los tuétanos; me regresaba al caer la noche, me dejaba acurrucado en un rincón y se iba toda nerviosa. Lloraba por mí ya que desde su casa se escuchaba la algarabía que formaba esa puta sin sentimientos,practicando su oficio y le daba lástima que ella hiciera sus vainas estando yo presenciándolas en primera fila.   Todos los recuerdos que tengo desde mi más tierna infancia, tenían que ver con el hambre y el dolor de las enormes palizas que recibíamos mis hermanos y yo, cada vez que ella llegaba a la casa sin haber conseguido un cliente. Cuando lograbaalguno o  varios que iban dispuestos a hacer una orgía escandalosa, las cosas cambiaban; pero igual, si a alguien le provocaba mirarme como a una pera de boxeo, sobre todo a mí que era el más chiquito, no me escapaba de la tremenda coñazón y era esa mujer quien me buscaba por todos los rincones hasta que me llevaba de arrastre para que me golpearan aquellos malnacidos. Ella parecía disfrutar de aquella crueldad. Parecía disfrutar no, corrijo; lo disfrutaba. Sencillamente esa mujer fue un verdadero monstruo. Me hubiese gustado haber muerto a la hora del parto e inclusive, antes de nacer, como sucede muchas veces. Debió haber hecho como Hilda que tan pronto notaba algún retraso, llamaba a la vieja del tabaco con la candela hacia adentro y zas, se sacaba lo que fuera, a pesar de que era un pecado mortal y aún sigue siéndolo. Pero más pecado resulta traer muchachos para maltratarlos inmisericordemente. Nací de ese adefesio que nunca nadie llamará con orgullo: “Mamá”, de eso estoy más que seguro. Legalmente ninguno de mis hermanos ni yo, existimos. Nunca nos presentaron en el registro civil. Ninguno sabíamos leer ni escribir. Aprender eso era un lujo para unos muchachos tan desgraciados como fuimos nosotros, aunque Hilda se unió a la parranda de la prostitución y era ajena a todo cuanto pasaba a su alrededor. Vivía el día a día sin importarle nada más. Para que yo aprendiese a leer y a escribir toscamente, tendrían que pasar varios años aun. En un principio, quiso enseñarme un doñita más bella que un ángel; pero la vida no lo permitió. Aprendí a leer y a escribir. Nojoda, ¿Donde?, eso no era problema de nadie. Vivíamos una vida falsa, no teníamos siquiera un apellido. A mi me decían Romualdo nada más, puesto que burlándose de mí, esa mujer cagada de la risa, me dijo un día que me llamaba así; porque no pudo conseguir un nombre más feo. Gracias a Dios que un médico razonable, cuando me llegó la hora de ver la luz de la vida, sin que lo ameritara; le hizo una cesárea y ya con sus tripas a su alcance, le mochó las trompas de Falopio para que de una vez por todas, dejara de traer muchachos para que los “criara” como si de ratas inmundas se trataran. Él había escuchado hablar de las barbaridades que hacía y quiso hacerle esa obra de caridad a la vida.            Me senté largamente en el mismo asiento donde había descansado el esqueleto después de tanto caminar el día anterior. No había dormido más allá de una hora, ya que la enorme cagantina que sufrí no me dio la más mínima oportunidad de hacerlo aunque fuese en el suelo. Me preocupó demasiado que en aquella selva de concreto no fuera a sobrevivir. Bueno, me las arreglaría como fuera; pero de que iba a echarle pichón a la vida lo haría. El miedo tendría que irse por donde mismo había llegado. Si ya había dado ese primer gran paso, por supuesto que no me quedaría paralizado esperando que las cosas llegaran solas. Tenía que salir para adelante. Si me habían caído limones del cielo, pues, haría limonada, aunque me faltara el azúcar. Ni modo que iba a hacer jugo de piña. La bendita manía de sentir hambre ya parecía que me acompañaría eternamente. Eso fue lo que más me preocupó. Estaba demasiado cansado todavía. Era que dormir una hora o un poco más,en un pedazo de suelo atestado de porquería, sin nada con que aislarme del frío y con una enorme cantidad de bichos que corrían sobre mí a cada rato y ese maldita pestilencia que me taladraba de asco las narices; no era para nada envidiable.  Sí dormí un poco, lo admito.Lo hubiese hecho hasta en la cama de un faquir; porque mi cansancio no me daba treguas. Sentí una hediondez en mi propio aliento y en mis andrajos, además de un montón de lagañas en mis ojos. Tenía hambre, pero en ese momento era la sed la que me estaba atormentando. Tenía que poner las cosas en orden en mi cabeza. Obviamente que necesitaba comida y agua como lo más elemental que para mí no sería tan fácil, puesto que con la edad tan corta que ostentaba, no era que sabía poner alguna cosa en orden, menos mis pasos futuros si se les podía llamar así. De todos modos, me estiré para despertarme de una buena vez y comencé a caminar.  Mi aliento me daba asco. Era que aun mantenía trozos de aquella basura que había tragado y ya las tripas me estaban sonando como una enorme orquesta sin director y con todos los músicos borrachos. Busqué un recipiente que había contenido agua mineral y que, como cosa rara, había sido lanzado a la vía pública. Le rogué a una vendedora de fritangas de las tantas que pululaban en el lugar, que me regalara un poco de agua, y de mala gana, me la llenó con un agua que parecía que era la de lavar los trastos. Eso me sirvió para hacer gárgaras hasta más no poder y para expeler aquellas inmundicias que se quedaron atascadas entre mis dientes. La gasté toda haciendo eso una y otra vez, hasta que sentí que ya aparentemente, no tenía más de aquella basura en mi boca. Que desgracia caray. Que asco caramba. 
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