El sol de media mañana se filtraba entre las cortinas del apartamento, llenando la cocina con una luz cálida que tenía el descaro de anunciar que el día sería más activo de lo que Amélie deseaba. Sobre la encimera, Croissant dormía plácidamente, estirado como si no tuviera culpa alguna de su traición reciente.
—Mírate… —murmuró ella, mientras cerraba la nevera con un suspiro—. El cómplice de Romano. Te vendiste por un poco de pollo.
El gato respondió con un bostezo y se dio la vuelta, dándole la espalda. Perfecto. Ahora hasta su mascota la ignoraba.
El timbre del teléfono rompió la paz momentánea. Era Marina, por supuesto. La amiga que, después de haberla expuesto al ridículo del siglo, seguía actuando como su mayor fan.
—Buenos días, dormilona —canturreó su voz al otro lado—. Espero que ya te hayas recuperado del impacto viral.
—No empieces, por favor.
—Tranquila, hoy no vengo a recordarte que medio internet cree que tú y tu vecino son el nuevo dúo romántico del año. Vengo a rescatarte.
—¿A rescatarme?
—Sí, mon amie. Te espero abajo en diez minutos. Vamos al mercado.
—¿Qué? No, Marina, tengo trabajo, reuniones, un gato que…
—Que ahora tiene mejor vida amorosa que tú. —La carcajada fue tan fuerte que Amélie tuvo que apartar el teléfono del oído—. Vamos, te hace falta aire fresco. Y frutas. Y una buena dosis de realidad.
Amélie suspiró resignada. Marina siempre ganaba esas batallas. Diez minutos después, bajaba las escaleras con el bolso colgado al hombro, las gafas de sol cubriendo la mitad de su cara y la firme determinación de que no hablarían de Lucas ni un segundo.
El mercado municipal era un hervidero de vida.
Los puestos rebosaban de colores y aromas: tomates brillantes como rubíes, limones con su perfume ácido impregnando el aire, montones de hierbas frescas que llenaban el ambiente de notas verdes y húmedas. El murmullo de la gente se mezclaba con el sonido de cajas registradoras y el golpeteo constante de cuchillos sobre tablas de madera.
—Ah, este lugar me inspira —declaró Marina con teatralidad, deteniéndose frente a un puesto de flores—. ¿No te parece romántico?
—Es un mercado, no una película italiana.
—Depende de con quién vengas. —Le guiñó un ojo y añadió en tono travieso—. Si Lucas te acompañara, ya tendrías flores y una receta nueva.
—Te dije que no lo menciones. —Amélie apretó el mango de la cesta que llevaba.
—¿Por qué? Si solo dije su nombre. No es como si pronunciara una maldición ancestral.
—Porque cada vez que lo haces, algo pasa.
Marina alzó las cejas, divertida.
—Oh, ¿te refieres a “cosas” como gatos fugitivos, vídeos virales o casi besos?
—Exactamente. —Amélie bufó—. Y ya tuve suficiente drama romántico por una semana.
—Claro, claro. Aunque si lo piensas bien, los mejores romances comienzan con un poco de caos.
Amélie la miró de reojo.
—Deja de ver tantas series.
Marina soltó una carcajada y se inclinó sobre un cajón de frutas.
—Está bien, prometo portarme bien. Pero si él aparece, solo diré: destino.
—No aparecerá. —Amélie metió un manojo de espinacas en la cesta—. No todo gira en torno a Lucas Romano.
El universo, con su peculiar sentido del humor, decidió que era el momento perfecto para contradecirla.
A tres puestos de distancia, entre las montañas de tomates y cebollas, estaba él. Lucas. Con una camisa blanca arremangada, el cabello ligeramente despeinado y ese aire relajado de quien parece pertenecer a cualquier lugar donde haya comida.
Sostenía una bolsa de tela y hablaba con la vendedora de verduras, riendo con esa sonrisa que parecía hecha para poner nerviosa a la gente.
Amélie se quedó congelada.
—No. —Su voz fue apenas un susurro—. No puede ser.
—Oh, oui, sí que puede —replicó Marina, sonriendo con malicia—. Y está más guapo que el sábado.
Amélie intentó disimular, pero sus ojos la traicionaron. Lucas se inclinó ligeramente sobre el mostrador, explicándole algo a una chica de cabello rubio que lo observaba con atención más que culinaria. Ella reía, tocándose el pelo, mientras él señalaba unas zanahorias y le hablaba de las “buenas para la sopa”.
—Oh, no… —murmuró Amélie, sintiendo un nudo absurdo en el estómago.
—Oh, sí. —Marina se cruzó de brazos, disfrutando la escena—. Esto va a ser divertido.
Amélie se giró fingiendo mirar unas calabazas.
—No me importa. Puede hablar con quien quiera. No es mi problema.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
—Marina…
—Solo digo que está compartiendo su sabiduría culinaria con una desconocida. Eso duele un poquito, ¿no?
—No. Nada. Ni un poco.
—Ajá. Por eso tienes la cara roja y estás apretando un limón como si quisieras exprimirle la vida.
Amélie miró su mano. En efecto, sostenía un limón. Y lo apretaba como si fuera culpable de algo.
—Solo estoy probando su firmeza.
—Sí, seguro. —Marina se inclinó con aire cómplice—. Pero si lo lanzaras con puntería, podrías romper un récord.
—No pienso lanzarle un limón.
—¿A quién? —preguntó Marina, haciéndose la inocente—. ¿A él o a ella?
Amélie entrecerró los ojos.
—Tú disfrutas demasiado de esto.
—Soy espectadora de primera fila del romance más entretenido del año, ¿qué esperabas?
Amélie respiró hondo. No tenía por qué alterarse. Podía fingir que no pasaba nada. Podía…
El limón salió volando.
No fue con fuerza ni intención directa, más bien un impulso reflejo, una especie de catarsis en movimiento. Golpeó suavemente el suelo cerca de donde estaba Lucas, rebotó una vez y se detuvo a pocos centímetros de sus zapatos.
—¡Ay, mon Dieu! —exclamó Marina, tapándose la boca—. Lo hiciste.
—Fue un accidente. —Amélie fingió examinar las naranjas como si nada—. Se me resbaló.
Lucas levantó la vista, confundido, mirando a su alrededor. Sus ojos recorrieron los pasillos hasta encontrarla.
El corazón de Amélie dio un vuelco.
Él arqueó una ceja, sorprendido primero, divertido después. La chica rubia dijo algo, pero Lucas ya no la escuchaba; su sonrisa amable se desvaneció, reemplazada por una expresión más seria.
—Uh-oh —susurró Marina—. Te descubrió.
—Cállate. —Amélie bajó la mirada, fingiendo examinar unos tomates.
Lucas dijo algo breve a la chica, tomó su bolsa y comenzó a avanzar entre la gente. Marina lo seguía con la mirada, fascinada.
—Ay, ay, ay… esto se pone bueno.
—No mires, no lo mires —repitió Amélie para sí misma, girando hacia el puesto de hierbas. Pero su reflejo en los frascos de cristal la traicionó: él se acercaba, con paso tranquilo, pero decidido.
El aire alrededor pareció volverse más denso. O tal vez era solo su imaginación, potenciada por la mezcla de aromas —menta, ajo, pan recién horneado— y el sonido de las conversaciones que se desvanecían mientras él se acercaba.
—Vaya —dijo Lucas finalmente, con esa voz grave que parecía tener siempre una sonrisa escondida—. No sabía que el mercado era territorio de lanzamiento de frutas.
Amélie fingió sorpresa exagerada.
—¿Qué? Oh, eso fue… un accidente.
—Claro —respondió él, cruzando los brazos—. ¿El limón decidió practicar salto de longitud?
Marina soltó una carcajada.
—Tal vez fue una señal divina. O una metáfora cítrica del destino.
—Marina —gruñó Amélie entre dientes.
Lucas alzó la vista hacia la amiga, sonriendo con educación.
—Así que tú debes ser Marina.
—La misma. —Ella le tendió la mano con entusiasmo—. He oído muchas cosas sobre ti.
—¿Ah, sí? —preguntó él, divertido—. Espero que al menos algunas sean buenas.
—Depende del día —bromeó Marina, provocando una mirada asesina de Amélie.
—¿Y qué hacen por aquí? —preguntó Lucas, como si no supiera exactamente a quién había venido a buscar.
—Comprando cosas para que ella cocine —respondió Marina antes que Amélie—. O mejor dicho, para que tú le cocines.
Amélie la fulminó con la mirada.
—No, no. Yo cocinaré.
—Eso sería un desperdicio de talento —replicó Marina—. Lucas es chef, y tú sabes…
—Yo sé preparar pasta.
—Instantánea.
—No es el punto.
Lucas observaba el intercambio con una mezcla de diversión y ternura. Le encantaba verla así, con las mejillas encendidas y el ceño fruncido, intentando mantener la compostura mientras su amiga la delataba sin piedad.
—Puedo ofrecer mis servicios —dijo, encogiéndose de hombros—. Siempre estoy dispuesto a cocinar para mis vecinas.
—No, gracias —dijo Amélie con rapidez.
—Sí, por favor —corrigió Marina.
Ambos la miraron al mismo tiempo.
—Marina… —advirtió Amélie.
—¿Qué? Si lo hace por cortesía. —Le guiñó un ojo a Lucas—. Además, no todos los días se tiene un chef guapo al lado.
Lucas sonrió, divertido, y Amélie sintió cómo algo en su estómago daba una voltereta involuntaria.
—Bueno, vecina —dijo él, inclinándose apenas hacia ella—, la oferta queda sobre la mesa. Si cambias de opinión… sabes dónde encontrarme.
—No la cambiaré —replicó con firmeza.
—Ya veremos —contestó él, con esa seguridad encantadora que la irritaba y fascinaba por igual.
Marina, encantada con la tensión que flotaba entre ambos, le dio una palmadita en el hombro.
—Creo que ya tenemos todo. Vamos, Amélie, antes de que compres otro limón por error.
Amélie recogió la cesta y salió con paso rápido, arrastrando a su amiga fuera del mercado. Sentía las mejillas ardiendo y el corazón desbocado.
Detrás, Lucas las siguió con la mirada y luego soltó una risa baja, negando con la cabeza.
—Eres un desastre encantador —dijo Marina entre risas cuando salieron a la calle—. Le tiras limones, lo ignoras y luego te pones roja como un pimiento.
—No fue intencional.
—Claro. Y yo no noté cómo te quedaste mirándolo cuando sonrió.
Amélie apretó los labios, caminando más rápido.
—Deja de exagerar.
—No exagero. Eres transparente, chérie. Además… —se detuvo un segundo y la miró con picardía—. Ya no insistas en ganar esa apuesta.
—¿Otra vez con eso?
—Sí. Porque ya la perdiste. Y lo sabes.
Amélie suspiró, mirando hacia el cielo despejado, como si buscara paciencia en las nubes.
—Hasta que no haya beso, la apuesta sigue en pie.
Marina soltó una carcajada que resonó por toda la calle.
—Dilo todas las veces que quieras. Pero si hasta tu gato cambió de bando, el universo ya decidió por ti.
Amélie fingió indignación, pero una sonrisa se escapó en el último segundo.
—Eres imposible.
—Si lo soy —canturreó Marina, caminando de espaldas—. ¡Pero tranquila! Siempre hay más limones donde vino ese.
El eco de su risa se mezcló con el bullicio de la calle, mientras Amélie, con el corazón ligeramente más liviano y un rubor imposible de ocultar, pensaba que quizá —solo quizá— el universo disfrutaba demasiado jugando con ella.