—¿Se van mañana por la mañana? —Rosa parece sorprendida cuando la informo de la inminente partida de mis padres—. Es una pena. Ni siquiera he podido enseñarle a tu madre el lago del que les habías hablado. —No pasa nada —digo, recogiendo un cesto de la colada para ayudarla a cargar la lavadora—. Esperemos que vengan a visitarnos en otra ocasión. —Esperemos, sí —repite Rosa, y frunce el ceño al ver lo que estoy haciendo—. Nora, deja eso. No deberías… —y se calla de repente. —¿No debería coger peso? —termino, sonriéndole sarcásticamente—. Ana y tú os olvidáis constantemente de que ya no soy una inválida. Ya puedo volver a levantar pesos, luchar y disparar cuanto quiera. —Por supuesto —Rosa parece arrepentida—. Lo siento —dice echándole la mano a mi cesta—, pero no deberías hacer mi traba

